Los noventa es su último libro publicado en nuestro país. Es de no ficción, como toda la obra del autor, pero esta vez no es una selección de artículos independientes, como suele ser habitual. Tampoco es una biografía, aunque tiene un componente biográfico. Es un ensayo unitario de más de cuatrocientas páginas que, como el título indica, nos sumerge en esa década que comenzó con la caída del Muro de Berlín en 1989 y terminó con el ataque a las Torres Gemelas de Nueva York el 11 de septiembre de 2001.
Klosterman es tan americano como se puede ser, y el libro está lleno de referencias al mainstream estadounidense. Hay veces que el lector foráneo entiende de qué habla (Nirvana, Bill Clinton) y otras en las que ni de lejos, como ciertos programas de televisión que nunca llegaron aquí o algo sobre el alero bizco de no sé qué equipo de la NBA. Sin embargo, en general, se sigue bastante bien porque la globalización nos ha dado el mismo dolor de muelas a todos; es fácil encontrar equivalencias en la cultura de masas española de aquellos años. Además, lo interesante no es la crónica de los hechos, sino el jugo que extrae de ellos.
Por supuesto, no estamos ante Jorge Manrique en versión posmoderna. En ningún caso se nos dice que cualquier tiempo pasado fue mejor. De hecho, en estas páginas hay mucha inmundicia recopilada sobre aquella época. Seguramente, si viviéramos tiempos más felices, leeríamos este libro con un resoplido de alivio por haber pasado ya esa página histórica. Lo que sucede es que hoy nos anega una grisura ambiental, y es inevitable extrañar esos tiempos en los que no había redes sociales, se consideraba impertinente hablar de política a la hora de la merienda y reinaba un desdén por la moral que nos impedía andar por ahí juzgando a todo el mundo a diestro y siniestro.
"Ahora los noventa parecen un período en el que el mundo empezaba a volverse loco, pero no tanto como para ser ingobernable o irreparable". Quizá todo lo que hoy embarra nuestro Occidente post-COVID ya estaba in nuce por aquel entonces, pero como no había internet para convertir las neurosis personales en asuntos hegemónicos, igual no se notaba tanto. También “fue quizá el último periodo de la historia estadounidense en el que el compromiso personal y político se vio aún como algo opcional”. Conmueve pensar que hubo un tiempo, tras el fin del comunismo y antes de la llegada de las nuevas religiones políticas, en el que las personas fueron libres para proclamar su desdén.
La Generación X, protagonista de un capítulo, no era la mayoritaria, pero sí la más representativa del primer lustro de la década. Vista hoy, nos parece la menos irritante de todas las generaciones que han existido desde la segunda mitad del siglo XX. Eran solipsistas, infelices y despreocupados, pero nunca culpaban a nadie de sus propias miserias, y mucho menos se dedicaban a fiscalizar la vida de los demás. Exigían escepticismo incluso frente al éxito y valoraban una incoherente autenticidad individual frente a los que “se vendían” al comercialismo. (Lo que daríamos hoy por tener vecinos, compañeros de trabajo e incluso amigos así de contenidos).
Los años noventa fueron, sin embargo, irrepetibles. El zeitgeist no se puede diseñar en un gabinete de comunicación para que lo imponga algún Estado; no hay poder tan fabuloso. Cada momento histórico es una extraña aleación de elementos arbitrarios e inasibles. Y las personas que ejemplifican su época muchas veces lo hacen sin saber cómo llegaron a ello; es más, cuando cambia el timing, pueden elegir morirse en el momento adecuado, como David Foster Wallace, que ha quedado envuelto en ámbar como paradigma de aquellos tiempos, o desfigurarse entre sus coetáneos, como la aquí citada Elisabeth Wurtzel, que pasó de escribir Nación Prozac, un libro emblema, a convertirse en abogada a tiempo completo en Manhattan.
Algo que aparece recurrentemente en la conversación pública es cierta nostalgia de aquel entonces. Los años noventa son nuestra edad de oro, la ilusión de que tuvimos tiempos más felices. Abrumados por tanta polarización y bilis, parece que fue la última época en la que regía el consenso social. Hoy todo se ha hiperventilado tanto que hace imposible la mera existencia de un marco de diálogo entre iguales. Pero un par de décadas atrás nadie ponía en duda la libertad de expresión, aunque —o sobre todo— cuando lo que se decía podía disgustarnos. Había indiferencia por lo que opinara el otro, más que respeto. La política se quedaba en la casa de cada uno; sacarla en público se consideraba una impertinencia.
Una verdadera teoría crítica debería analizar este fenómeno y tratar de descubrir quién rompió el consenso social de los años noventa. Y, sobre todo, para qué lo hizo, qué interés hubo en ello. Así hallaríamos a los responsables de nuestro desasosiego.
Aunque no nos engañemos: aquella paz social venía favorecida, en gran parte, por la prosperidad económica. La década de los noventa fue la última en la que hubo un gran crecimiento en este terreno. Que Homero Simpson pudiera tener un trabajo a pesar de ser más tonto que una cebolla y, aun así, mantener a su familia, con casa en propiedad y vacaciones de vez en cuando, sin que llamara la atención de los televidentes, es sintomático.
No podemos restaurar la década de los noventa, por muy paradisíaca que nos parezca frente a nuestra contemporaneidad, que, como dice el meme, parece una pesadilla de Stephen King. No podemos volver atrás, pero tal vez sí recuperar cierto espíritu del pasado.
No tenemos suficiente uranio para el DeLorean, pero quizá sí podemos recuperar la conversación cara a cara, sin pantallas, respetándonos los unos a los otros, aunque sea más por apatía que por conciencia cívica, y tratar de vivir, así, una vida más fácil. Podríamos apaciguar los ánimos colectivos si nos relacionáramos entre nosotros como si todavía estuviéramos en aquellos años. Pongámonos de acuerdo en ver los noventa como un lugar de encuentro en el que cabemos todos. Defendamos que la concordia vuelve a ser posible.
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