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Zizek dice en Acontecimiento que la filosofía de hoy se parece a los últimos funcionarios de Vichy refugiados en el castillo de Sigmaringa, al sur de Alemania, poco antes del fin de la Segunda Guerra Mundial. Completamente derrotados e ignorados por todo el mundo, estos burócratas se dedicaban a escribir compulsivamente proclamas y decretos administrativos, suponiendo que tantos papelajos les iban a devolver un poder que ya habían perdido definitivamente. Zizek sostiene que los filósofos también actúan de esa manera: publican y publican teorías irrelevantes que a nadie le importan y pretenden así mantener una autoridad en la que ya solo creen ellos mismos.
Podríamos hablar, por ello, de "Filosofía Sigmaringa": una filosofía inútil, espectral, sin audiencia, autofágica, que además se cree importante; una filosofía que pretende reflejar la realidad en sus juegos lingüísticos cuando esta ya está muy por delante y mejor analizada por otras disciplinas.