11.8.24

Philippe Muray, vocero de nuestro asco

Los que denuncian la esterilidad del reaccionario olvidan la noble función que ejerce la clara proclamación de nuestro asco.

                                    Nicolás Gómez Dávila

 

Hace algunos años, el diario Le Monde anunció un índice de herejes a excomulgar. Dedicándole la portada y varias páginas del interior, y con el aterrante título de "La llamada al orden. Encuesta sobre los nuevos reaccionarios", señaló a una serie de malvados escritores que desafiaban el canon progresista. Entre los conocidos en estos lares destacaban el filósofo Alain Finkielkraut, cuyo delito era sostener que los valores de la Ilustración no son negociables, y el novelista Michel Houellebecq, cuyos comentarios resultaban demasiado vitriólicos para oídos sensibles.

Precisamente en Intervenciones, su libro de artículos dispersos, Houellebecq tiene un texto en el que rememora aquellos días en los que fue estigmatizado como reaccionario. Finge indignación, pero es evidente que disfrutaba enormemente siendo sindicado histéricamente como antisocial y cavernario. Sin embargo, el protagonista de esta remembranza no era él mismo, sino otro de los acusados: un tal Philippe Muray, a quien el novelista rendía homenaje.

Por supuesto, el intento de desacreditar a escritores por cuestiones de political correctness provoca el efecto contrario y automáticamente nos posicionamos a favor de ellos. Y si entre ellos hay alguien que parece destacar, alguien especialmente infame, más todavía. Era, pues, inevitable. Había que saber más sobre el señor Muray.

Wikipedia dice que se trata de un profesor y ensayista francés no muy conocido que murió en 2006, a la temprana edad de 56 años. Autor de varios libros, a nuestro idioma solo han llegado dos gracias a Nuevo Inicio, una editorial granadina pequeña pero matona.

Los libros son El imperio del bien y Queridos yihadistas.

El primero es un ensayo que rezuma ironía y mala baba. Y, sobre todo, sorprende por la cantidad de conceptos que acuña o reconfigura. Viene con un prólogo que se agradece bastante, ya que ilumina los contornos de este autor ignoto. Está escrito por el propio Muray para la cuarta edición del original francés. Aquí nos presenta las ideas generales de toda su obra, que, básicamente, es una impugnación de la posmodernidad.

El imperio del bien es, en concreto, un panfleto contra el chantaje humanitario y buenista al que vivimos sometidos en la actualidad. Teniendo en cuenta que apareció en 1991, está claro que tuvo un carácter profético. Por supuesto, Muray no se opone a las causas justas en sí, que considera que "forman parte de lo obvio", sino a su utilización abyecta con fines políticos. Indignarse por "la pobreza, el apartheid o los incendios forestales" es lo normal, nos dice, pero no hay necesidad de estar todo el día exhibiendo esa indignación. Son los aspavientos moralistas, convertidos en totalitarios e incontestables, contra los que se rebela. Para Muray, hay un "Bien" con mayúsculas, que es mezquino y con vocación de linchamiento: "Bajo las cruzadas filantrópicas se esconde, lo repito una vez más, la inoculación homeopática de un terrible veneno: la pasión por la persecución". Y otro "bien" con minúsculas, que es el cotidiano, el de la gente corriente, y que, paradójicamente, está más amenazado por el "Bien" politizado que por el mal ontológico de toda la vida.

La influencia de la Internacional Situacionista es evidente y reconocida en continuas referencias. Muray habla del Espectáculo en el sentido que le daba Guy Debord: una realidad creada por los medios de comunicación gracias a la acumulación de capital y que ha venido a suplantar la realidad objetiva; la consolidación de la más formidable maquinaria de alienación jamás creada. El Bien, añade Muray, sería el contenido actual del Espectáculo, similar a una especie de hegemonía de las "almas bellas" que tanto aborrecía Hegel.

El Bien, al no tener correspondencia con la realidad "real", no necesita demostrarse. Se trata de un idealismo filosófico absoluto, alérgico a cualquier inmanencia. En el Bien nos movemos exclusivamente en el mundo de las nobles aspiraciones: "Es la respuesta a todas las preguntas que no nos hacemos". No se le puede juzgar por sus acciones, que pueden ser terribles, sino solo por sus intenciones benefactoras. Hay toda una caterva de "truismócratas" que "llenan por completo el pathos del mundo" con "su terrorismo de las Buenas Obras".

Por supuesto, el Bien adora el pasado: "Ya no podemos enfrentarnos más que a acontecimientos archivados". Allí encuentra un mal, ya teatral, que necesita para "proseguir con su larga batalla de evidencias, su epopeya del pleonasmo". Y lo busca en el pasado porque "es tranquilizador revivir problemas que ya están solucionados". Para ello, "mantiene vivas, como fuego de campamento, las hogueras del conflicto". Siempre ondea un "mal ficticio" para evitar que le surja un adversario real contra el que seguramente no tendría nada que hacer.

De fondo hay un ambiente sentimentaloide, irracional, que es lo que se respira en el Imperio del bien. Muray habla de la "Cordicópolis", la ciudad del corazón de la que hoy somos todos habitantes, donde priman los buenos sentimientos, la autoayuda y la ñoñería. "El éxito de la víscera" nos dice: hay que seguir los impulsos del corazón para todo, dejando de lado la cada vez más impertinente racionalidad occidental.

A quien se le atragante tanta emoción bondadosa se le reserva el linchamiento, que aparece "con máscaras progresistas" y se ejemplifica, entre otros medios, en "el deseo de lo penal": la sobreabundancia y promulgación histérica de leyes, a menudo absurdas y despóticas, porque "¡La paz de la humanidad tiene un precio!". El Bien exige muchas leyes, infinitas leyes, para cambiar las costumbres. Hay que obligar al ciudadano de a pie a ser bueno.

Para Muray, hay una nueva tiranía de "base democrática" que se sustenta en un consenso especialmente represor precisamente por ser "blando", imperceptible, y que se identifica con el bien común y, por ello, es intocable. Nunca ha sido tan difícil salirse del rebaño o ser siquiera individuo como en el mundo contemporáneo.

Profundo, irónico y tremendamente urticante, estamos ante un autor que merece convertirse en un pequeño y secreto objeto de culto.


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