28.7.24

La guerra imaginaria, de Fernando Bonete Vizcaíno


La ciencia ficción es un género literario que rara vez suma puntos en las oposiciones a erudito. Se la considera infantil, poco profunda, y solo unos pocos escritores, como Philip K. Dick o J.G. Ballard, gozan de cierto reconocimiento académico, aunque siempre bajo la condición de que sean referencias secundarias dentro de un marco teórico más prestigioso. En una tertulia diletante puedes citar el contexto tecnológico de la soledad torturada de los personajes ballardianos, pero solo si es para ilustrar las reflexiones heideggerianas sobre la técnica. Es imprescindible dejar claro que Ballard es un accesorio, nunca la base de tu dieta intelectual.

Mencionar a Isaac Asimov en las élites intelectuales madrileñas, huelga decir, equivale a eructar en una recepción con los reyes. Nadie te lo recriminará directamente, fingirán que no ha pasado, pero notarás cómo poco a poco todos se alejan en silencio, incómodos.

Afortunadamente, aquí no estamos entre las élites intelectuales madrileñas y podemos hablar de autores realmente importantes, no de los que hay que lucir porque están de moda.

Asimov da mucho juego. Sus novelas y ensayos abordan cuestiones que distan años luz de ser simples. Él mismo no parece ser del todo consciente de la valía de su literatura; en algunas entrevistas se presenta como el escritor protagonista de Misery, obligado a seguir tecleando novelas mediocres porque está secuestrado por una lectora loca—trasunto de sus legiones de fans entusiastas—cuando en realidad querría estar escribiendo “cosas serias” para un público más selecto. Pero quizás no se daba cuenta de que pelmazos que escriben “cosas serias” hay muchos, y que es mucho más difícil decir cosas importantes a la gente común mientras la entretienes.

El escritor neoyorquino resulta interesante por varios motivos. Uno de ellos es su claridad expositiva. Sus obras están compuestas casi enteramente por diálogos, apenas hay acción, y, como la posmodernidad lo pilló tarde, sigue usando un narrador omnisciente, lineal y confiable. Las ideas que propone aparecen desnudas, sin juegos metaliterarios, lo que nos permite deleitarnos en ellas sin el engorro de descifrarlas primero. Si esto lo convierte en mala literatura, peor para la literatura.

Otro aspecto que hace a Asimov tan relevante es que escribió tanto el inicio de la saga de Fundación como la de los robots, así como muchos de sus cuentos más famosos, en los años cincuenta. Incluso cuando regresa a la ciencia ficción en los ochenta, lo hace con el espíritu de aquella época dorada del género (y del progreso tecnológico). Un tiempo en el que Estados Unidos y su ciencia ficción vivían lo que Peter Thiel, en su magnífico De cero a uno, llama optimismo definido: una fe en el progreso material y científico y en que la civilización tiene en su naturaleza el ir demostrando que no hay fronteras inalcanzables. La pregunta entonces no era si habría coches voladores, ciudades submarinas o colonias en la Luna, sino cuándo llegarían. Ahora vivimos tiempos indefinidos y pesimistas, donde la sola idea de creer en tales avances se considera vintage. Es todo tan deprimente que la propia idea de un futuro prometedor pertenece al pasado. La ciencia ficción actual lo refleja: predominan las distopías, con sus regímenes tenebrosos y sus tecnologías asesinas.

Asimov, científico de formación, rehúye el regodeo en la miseria humana. Hace literatura programática, liberal si se quiere decir así. Se esfuerza en describir escenarios plausibles, con aspectos positivos y negativos, y en plantear dilemas concretos que pueden resolverse con la razón. Es decir, la realidad de nuestro día a día, pero con robots kantianos y en planetas con océanos de selenio.

Por eso, sus libros siguen siendo un manual al que podemos volver cuando queramos reflexionar sobre tecnología y condición humana, sin aspavientos ni postureos melodramáticos.

En esta línea se mueve Fernando Bonete Vizcaíno, que acaba de publicar La guerra imaginaria. Desmontando el mito de la inteligencia artificial con Asimov. En este ensayo, el escritor neoyorquino le sirve al autor para reflexionar sobre la IA, llegando a la conclusión de que nos están metiendo un miedo infundado y de que no existe—ni existirá en el futuro inmediato—un Skynet vengativo.

En la solapa del libro se nos dice que Bonete se deja ver por el CEU y la Universidad Europea de Madrid, lo que tal vez explique por qué puede hablar tan libremente de Asimov. En las universidades privadas, y en especial en disciplinas ajenas a la Filosofía, me da la sensación de que se ha prescindido de la necesidad de tributar como intelectual. Eso tiene que ser muy liberador: permite hablar de lo que se quiera. O quizá sea simplemente que Bonete es demasiado joven para haber interiorizado el miedo a que no se lo tomen en serio. La biografía evita especificar su fecha de nacimiento y, por la foto, parece un chaval. Tal vez hasta los editores pensaron que datarle restaría credibilidad. Si es así, estamos ante una obra fruto de la inconsciencia juvenil y, en unos años, este mismo autor podría estar hablándonos gesticulante del rizoma deleuziano o de las teorías queer de Butler, renegando de haber escrito un libro sobre alguien tan pueril como Asimov.

Sea como sea, aquí y ahora, La guerra imaginaria es un buen libro. Se centra en el estudio de las cuatro novelas de los robots, en algunos relatos de Visiones de robots y en los dos últimos libros de la saga Fundación, en los que Asimov empieza a forzar la trama para unir ambas series y construir una historia del futuro al estilo de Robert Heinlein. Para los críticos literarios, esto será una seriebada más que arrojarle en cara a Asimov. Para los aficionados, en cambio, cimenta una mitología de la que podremos seguir extrayendo chicha durante los próximos eones.

Bonete hace varias referencias a Rodolfo Martínez y su magnífico La ciencia ficción de Isaac Asimov, una guía de lectura impagable. De hecho, ambos libros son complementarios. Uno no puede evitar imaginar la suerte de un adolescente que, encontrándolos, decidiera leer toda la obra de Asimov poco a poco, siguiendo un orden, consultando siempre ambos manuales. Qué experiencia para unos meses de vida en los que todavía se es permeable, susceptible de asombro. Qué hermosa base sobre la que construir un mundo intelectual propio.

La guerra imaginaria es un título acertado. Muy diciente. La guerra contra las máquinas no existe: nos la han metido en la cabeza para asustarnos y hacer que pidamos al poder que sea más poderoso para protegernos con más fuerza. No sorprende que las élites recelen del progreso tecnológico: puede cambiar las circunstancias para mejor y, cuando estamos mejor, necesitamos menos protección.

La idea de robots rebelándose contra los humanos no tiene visos de materializarse en el futuro próximo. Los robots actuales son rudimentarios en comparación con los que imaginó Asimov. Solo el estancamiento tecnológico que padecemos desde los años setenta explica que hoy no tengamos nada ni remotamente similar a Robbie o R. Daneel Olivaw. Robots así ya deberían estar preparando espacios habitables para el ser humano en la Luna o en Marte.

En cuanto a la IA, los trabajos de Roger Penrose y otros han dejado claro que no tendría pasiones de dominio, salvo que la programemos para tenerlas. Es absurdo temer hoy a ChatGPT o al generador de imágenes de Google, que dibuja nazis negros. Son inteligencias tan estúpidas que apenas pueden hacernos daño, y, lamentablemente, tan inútiles que tampoco pueden ayudarnos a elaborar medicamentos o planes contra la pobreza en Zambia.

Lo que el libro de Bonete nos recuerda, en última instancia, es que para comprender temas importantes como la IA es mejor recurrir a optimistas definidos como Asimov, no a intelectuales retorcidos que proyectan en el futuro sus propias oscuridades interiores.


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