A raíz de la relevancia adquirida tras estos eventos, se tradujo al español Futuro primitivo, publicado originalmente en 1994 y disponible en dos ediciones españolas accesibles en la red. Una de ellas, retitulada El malestar en el tiempo, incluye un prólogo crítico del fallecido Gustavo Bueno, quien consideró que la mejor forma de homenajear a Zerzan era presentarle una "beligerancia sistemática".
El libro está compuesto por varios ensayos, entre ellos "Futuro primitivo", el más conocido, aunque no necesariamente el mejor. En este texto, Zerzan propone una constante en su obra: la crítica a la civilización. Para él, algo se perdió en el paso del Paleolítico al Neolítico. Durante milenios, los seres humanos, con una inteligencia igual a la nuestra, vivieron en sociedades de cazadores-recolectores sin jerarquías, propiedad ni desigualdades de género. Pero la aparición de la agricultura trajo consigo la especialización del trabajo, el ascenso de los chamanes a líderes y el nacimiento de la cultura simbólica, dando origen a la civilización. Zerzan destaca que esta etapa es sumamente reciente: apenas ocupa el 1% de la historia de la humanidad, dado que los primeros restos de Homo sapiens datan de hace casi 200.000 años.
Su conclusión es clara: vivir en ciudades, con tecnología y clases sociales, nos desarraiga de la naturaleza y es antinatural. Sin embargo, tampoco aboga por un retorno literal a la vida salvaje. Él mismo vive en una ciudad y usa gafas graduadas. Más que una propuesta concreta, su pensamiento parece una reivindicación estética de lo feral y una búsqueda de formas de organización más libres y menos jerárquicas. Más allá de su radicalismo, su reflexión sobre la condición humana y el paso de la naturaleza a la historia es interesante y poco explorada en el pensamiento occidental.
Los otros ensayos en la edición de Ikusager, prologada por Gustavo Bueno, analizan el mundo actual sin las propuestas extremas del primero. En "Psicología de las masas desdichadas", Zerzan corrige a Marx: no es la miseria material la que generará la revolución, sino el sufrimiento psíquico. Describe una sociedad occidental donde la psiquiatrización mediante antidepresivos es la única forma de contener altos índices de suicidio y enfermedades mentales. La alienación no solo proviene de la explotación económica, sino de la separación con la naturaleza y la comunidad. Bueno le critica su "estirpe teológica", alegando que el hombre no está destinado ni a la felicidad ni a la infelicidad, pero este argumento no desarticularía a las "masas desdichadas" cuando la desesperación es real.
En "Tonalidad y totalidad," Zerzan ataca la música contemporánea, acusándola de ser un mecanismo de alienación y cosificación emocional. Su análisis se enfoca en la música tonal occidental, que según él limita la expresión y sirve para manipularnos. Aunque despliega un vasto conocimiento musical, su crítica puede resultar difícil de seguir para el lector no especializado.
En "El malestar en el tiempo", Zerzan sostiene que la medición del tiempo nació con la agricultura y se perfeccionó con el capitalismo industrial. Sin relojes, el sistema económico colapsaría y la vida humana se desarrollaría de forma más natural. Gustavo Bueno le reprocha no citar a Heidegger o Bergson, aunque esto también hace que el texto sea más accesible.
En 2008, Zerzan publicó El crepúsculo de las máquinas, una recopilación de ensayos en la misma línea que "Futuro primitivo", aunque con un tono más académico y menos apasionado. En el prólogo Carlos Taibo resume su pensamiento en seis críticas: al lenguaje, al sexismo, a la guerra, a la religión (principalmente el monoteísmo), a la vida urbana y a las jerarquías. Su rechazo a la religión excluye la espiritualidad primitiva, que considera una conexión válida con la naturaleza.
Uno de los aspectos más sugerentes de Zerzan es su teoría del "pueblo depresivo" como sujeto revolucionario. A diferencia de Foucault, que ve a los locos como rebeldes fracasados, Zerzan sostiene que los desequilibrados son la mayoría y pueden formar un ejército insurgente. Su desesperación no se debe a la pobreza material, sino a una vida alienada y medicalizada.
Sin embargo, aquí radica su mayor debilidad: ¿se puede exigir al sistema que nos proporcione un sentido de vida? No parece muy anarquista delegar en el capitalismo la tarea de otorgarnos felicidad; esta expectativa parece más propia de una nostalgia por el orden religioso. Zerzan, en cierto modo, es como un niño que descubre que su padre no lo sabe todo. No lo juzgamos por ello, pero vale la pena señalarlo.
Esto nos recuerda una anécdota sobre Bill Clinton en la MTV, cuando un joven le preguntó qué haría para ayudar a quienes se habían deprimido tras el suicidio de Kurt Cobain. Clinton solo pudo balbucear lugares comunes, y al día siguiente fue criticado. Pero, ¿realmente era su función dar respuestas existenciales? A un presidente hay que exigirle estabilidad económica y seguridad, no que nos proporcione razones para levantarnos por la mañana. Lo mismo cabe preguntarse sobre Zerzan: ¿tiene sentido culpar a la civilización de nuestro vacío existencial?
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