Al menos, esto es lo que podemos concluir de su único libro traducido al español y el único que hemos leído: La extraña muerte del marxismo. La izquierda europea en el nuevo milenio. Publicado originalmente en 2005 y traducido al español en 2007, aunque descatalogado, es posible encontrarlo en formato PDF. Se trata de un texto que habría requerido una mayor elaboración; se nota que está poco trabajado, pero se lee con facilidad y resulta muy sugerente.
El libro fue escrito tras la caída del muro de Berlín y en un contexto en el que la globalización de los años noventa había deslocalizado muchas industrias, acabando así con la clase trabajadora tradicional. Todo este proceso se analiza en la obra. También se mencionan las nuevas políticas identitarias como una distracción para evitar que surja la conciencia de clase; y eso que, por entonces, no eran tan exageradas como en la actualidad. Gottfried expone cómo se llegó al actual totalitarismo del "arcoíris", refractario a lo económico.
El autor se pregunta en qué momento se "jorobó" el marxismo. Su familiaridad con esta corriente se evidencia a lo largo del libro: conoce a los clásicos y los enmienda con conocimiento de causa. Lo hace desde el paleoconservadurismo, pero no parece negar la tesis fundamental de Marx, sino la de sus epígonos.
Por ejemplo, critica a Gramsci por no ser realmente marxista. Le reprocha haber creado una teoría de la hegemonía que obvia las condiciones materiales e históricas para privilegiar el control del discurso por parte de las élites. Es decir, según Gottfried, el italiano sustituye el análisis de la realidad económica orientado a mejorar la calidad de vida por una lucha por el poder basada en la imposición de un relato legitimador, más eficaz que verdadero. Pero la hegemonía, según el autor, no es más que una forma de ocultar la falta de hegemonía real. Llevamos décadas con la monserga gramsciana y, salvo por haber aburrido y atraído a grupos minoritarios huérfanos de religión, no parece que la izquierda haya conseguido modificar completamente a la sociedad con base en el discurso. La amedrenta y la hace callar, pero no parece que el control prolongado de las "fuerzas irradiadoras de cultura" haya logrado sus objetivos. El pueblo sigue viviendo según su propio sentido común y, por ello, la civilización no ha colapsado. Por cierto, el hecho de que Viktor Orbán sea hoy el lector más prominente de Gramsci demuestra, según Gottfried, que su obra es poco más que una tecnología de poder. (Lástima que no llegara a analizar el caso de Ernesto Laclau, similar al de Gramsci, pero aún más pueril intelectualmente).
A la Escuela de Frankfurt le reprocha haber despolitizado el marxismo al convertirlo en una mera fuerza moralizadora de las clases populares. Identificaron todo lo tradicional, religioso y comunitario como "fascista" (fueron los primeros en banalizar el uso del término) y otorgaron al Estado la misión de reeducar a los trabajadores para transformarlos en cosmopolitas progresistas. Dedica bastante espacio a Theodore Adorno y Jürgen Habermas, y ambos salen mal parados. Al primero lo acusa de ser un cípayo del imperialismo estadounidense, cuyo objetivo sería destruir al pueblo alemán y convertirlo en una jauría americanizada de consumidores sin raíces. Al segundo le reprocha ser un apologeta de la censura de toda forma de cultura vernácula y localista que no encaje en el neoliberalismo posmoderno. Foucault también aparece en estas páginas, transformando la justa contestación laboral en una política basada en la moralización de las clases medias y en la politización de los genitales.
Gottfried sostiene que todo esto son degeneraciones de un genuino discurso materialista. En algún momento, el pensamiento marxista fue reducido a una casta de "seres de luz" al servicio del capitalismo financiero, cuando su verdadera función debería ser la lucha por cuestiones tan básicas como llegar a fin de mes, que una familia trabajadora pueda tener un hogar en propiedad o que los hijos tengan oportunidades de vivir mejor que sus padres.
Por el contrario, Gottfried se muestra neutral (lo que en este caso equivale a elogioso) respecto a Louis Althusser y Roger Garaudy. Ambos filosofós estuvieron encuadrados en el Partido Comunista Francés durante mucho tiempo, fueron ortodoxos y partidarios de repensar a Marx sin desarmarlo políticamente. Y, sobre todo, han sido olvidados por la izquierda posmoderna.
No se trata, en ningún caso, de blanquear crímenes horrendos ni de reivindicar errores intelectuales notorios. Pero Marx tenía razón en muchas cosas y ya va siendo hora de rescatarlo de sus albaceas.
Las clases sociales existen, son reales y tienen un carácter económico, no (o no sólo) cultural, genital o epidérmico. Cuando el autor de El Capital afirmaba que una minoría plutócrata explota a la mayoría trabajadora, estaba haciendo un retrato naturalista de nuestras sociedades. Que ahora esta minoría, en lugar de industrial, burguesa y conservadora, sea financiera, eco-friendly y cosmopolita, no la hace menos abyecta.
Gottfried, en el siglo XXI, traslada el antagonismo de clases a los trabajadores nacionales pauperizados por las élites globalistas neoliberales. Una vez más, se mantiene un mismo esquema con saludables aires de familia marxistas, pero con un contenido distinto, adaptado a su tiempo.
Si el paleoconservadurismo debe convertirse en la voz de las clases populares contemporáneas, heredando el lugar del marxismo primigenio, que así sea. Todo vale para combatir el borrado de las clases sociales y recuperar la dimensión económica de la política.
No hay comentarios:
Publicar un comentario