15.3.25

Los orígenes de la cultura, de René Girard

Para reseñar un libro cualquiera acostumbramos a seguir un esquema. Según ese esquema, lo propio es empezar dando escuetamente los datos biográficos del autor. En el caso de René Girard hay una parte sencilla: nos consta que nació en Francia en el año 1923, que la mayor parte de su vida académica transcurrió en Estados Unidos y que allí murió en el año 2015. Lo complicado viene cuando queremos ponerle algún rótulo al campo de estudio al que se dedicó, es decir, atribuirle una disciplina académica. No es fácil determinar si fue un teórico de la literatura, de la religión o un antropólogo. Podríamos decir que fue un poco de los tres, con la peculiaridad de que lo fue siempre desde la perspectiva de la teoría mimética (aunque eso realmente ayudará poco a quien desconozca qué es la mentada teoría).

Afortunadamente, en la página 155 de Los orígenes de la cultura, el mismo Girard afirma que le gusta que le llamen “antropólogo clásico”. Así que, como en estos tiempos de sacralización de las identidades autopercibidas sería impertinente hacerle cualquier alegación, se queda con ese título.

René Girard fue, pues, un antropólogo clásico de larga vida cuyos intereses intelectuales empezaron en la literatura, continuaron en la antropología y culminaron en los estudios religiosos. Siempre desde una intuición inicial de que Aristóteles tenía razón cuando dijo que el ser humano se distingue de los otros animales en que es mimético (ahora sabemos que los animales también pueden ser miméticos, pero no es cuestión de corregir al Estagirita con datos científicos del siglo XX). Aunque esta idea nunca se abandonó del todo en la historia cultural de Occidente, sí transitó por caminos secundarios. Con la llegada de la modernidad y su encumbramiento del yo original a toda costa, esta concepción del hombre se convirtió directamente en anatema.

Girard rehabilita esta tradición orillada y la estructura. No es el primero en hablar de mimetismo, pero nadie lo había hecho antes con tanta profundidad y sistematicidad. Epistemológicamente, también se sale de lo habitual, ya que menosprecia la filosofía y privilegia la buena literatura, en la que ve un documento que avala la condición mimética del ser humano. Luego, más adelante, también incluye los Evangelios y los relatos mitológicos, con los que va ampliando su corpus teórico y llega a la idea del chivo expiatorio y la universalidad del sacrificio. Las conclusiones que fue sacando en este periplo intelectual, casi por coherencia lógica, lo llevaron a convertirse al catolicismo.

Los trágicos sucesos del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York le dieron notoriedad internacional, ya que esa mezcla de violencia y religión parecía confirmar sus propuestas teóricas.

Su obra no es una lectura fácil. Demasiado intelectual francés, por muchas millas de distancia que hubiera puesto entre su país y él. Tiene un vocabulario y una serie de ideas cuyo conocimiento se le presupone al lector para poder captar todos los razonamientos. Sus libros son distintos capítulos de una obra final y es complicado seguir la trama si nos faltan entregas previas.

Por eso, ya es lugar común recomendar Los orígenes de la cultura como libro iniciático en el cosmos girardiano. Es un libro de entrevistas, algo habitual en su bibliografía. Esto significa que no forma parte del núcleo duro de su obra, como La violencia y lo sagrado o Shakespeare: los fuegos de la envidia, y que va a permitirse hablar de sus convicciones religiosas, algo que se prohibió a sí mismo en los libros de su canon para evitar que pareciera que sus creencias personales determinaban sus conclusiones científicas.

Los orígenes se publicó originalmente en el año 2004, con casi todos sus libros ya en circulación, y da, ciertamente, una buena panorámica de su obra. La versión española apareció dos años después en Trotta, y la traducción esta vez es de José Luis San Miguel de Pablos, lo que es importante señalar, ya que, como veremos más adelante, la pluralidad de sus traductores es un problema añadido a su recepción en el mundo hispánico.

Este libro es un diálogo con Pierpaolo Antonello y João Cezar de Castro Rocha. Principia con una introducción contextualizadora escrita a cuatro manos por estos académicos, algo que el lego agradecerá. Desde el principio anuncian que van a darle un tono de “biografía intelectual” al libro, y así lo hacen. A la introducción le siguen seis capítulos de entrevistas que, si bien no son compartimentos estancos en cuanto a lo temático, sí tienen cierta homogeneidad. Esta edición se cierra con un último capítulo que es un texto escrito por Girard en el que refuta ciertas acusaciones que le lanzó Régis Debray.

Para quienes se inician en Girard, un consejo: no teman apoyarse en guías como René Girard, de la ciencia a la fe de Ángel Barahona, un faro útil en este intrincado viaje. Porque leer a Girard es, en última instancia, enfrentarse a nosotros mismos: seres miméticos, conflictivos y, tal vez, redimibles.



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