Un método que se devora a sí mismo
Con la obra de René Girard aprendemos muchas cosas. Una de ellas es que la ciencia política es un tanto superficial, porque antes de la política está lo prepolítico, que es lo verdaderamente decisivo. Por ello, no tenemos tanto que enfrascarnos en estomagantes debates sobre liberalismo o socialdemocracia, monarquía o república, sino remitirnos a los mecanismos sociales previos a toda formulación teórica y definir qué mueve a los hombres a comportarse de una manera determinada. Elaborar una sesuda argumentación en defensa de un sistema político sin nociones prepolíticas previas sería, dicho en plan mundano, construir la casa por el tejado.
Con la obra de René Girard aprendemos muchas cosas. Una de ellas es que la ciencia política es un tanto superficial, porque antes de la política está lo prepolítico, que es lo verdaderamente decisivo. Por ello, no tenemos tanto que enfrascarnos en estomagantes debates sobre liberalismo o socialdemocracia, monarquía o república, sino remitirnos a los mecanismos sociales previos a toda formulación teórica y definir qué mueve a los hombres a comportarse de una manera determinada. Elaborar una sesuda argumentación en defensa de un sistema político sin nociones prepolíticas previas sería, dicho en plan mundano, construir la casa por el tejado.
Nosotros creemos que con la filosofía pasa lo mismo: antes de la filosofía está la prefilosofía. Es importante discernir si una propuesta filosófica es acertada o no, aunque, en una disciplina no falsable como ésta, a menudo la conclusión depende más de la capacidad retórica del ponente o de la decisión de quien tenga mando en plaza. Pero también tenemos que ir más allá y entender qué motiva a un filósofo, por qué surge una filosofía en un momento y lugar determinado, qué mecanismos miméticos—en sentido girardiano—hacen que los filósofos acaten una filosofía y no otra tal vez más elaborada, y qué estructuras del poder político, académico o editorial privilegian unas filosofías y opacan otras igualmente sugestivas.
En nuestro comentario del Discurso de los métodos de la filosofía y la fenomenología realista de Josef Seifert intentaremos analizar su propuesta filosófica explícita, pero también atisbar los contornos de prefilosofía que pudiera haber en su libro.
Josef Seifert y su fenomenología realista
Según los apuntes biográficos que encontramos en la solapa, Josef Seifert es un filósofo austriaco nacido en 1945. Es el fundador y rector de la Academia Internacional de Filosofía, actualmente ubicada en la Pontificia Universidad Católica de Chile. Pero, sobre todo, es uno de los mayores exponentes de la llamada fenomenología realista, un aparente oxímoron que, como modestos lectores de filosofía, recibimos por primera vez con perplejidad y que esperamos descubrir a lo largo del texto.
El libro es breve, ciento treinta y seis páginas si excluimos la bibliografía, y, como todas las obras que nos presenta la editorial Encuentro, está magníficamente editado. La traducción desde el inglés es de Rogelio Rovira, catedrático de la Universidad Complutense, por lo que apostamos a que es excelente.
En la presentación de la edición española, a cargo del propio Rovira, se nos informa de que este libro es la ampliación de una conferencia que el filósofo austriaco dio en la sede de la Pontificia Universidad Católica de Chile durante un simposio internacional sobre fenomenología. También de que la fenomenología realista surge del primer Husserl, el de las Investigaciones lógicas, pero se separa del maestro tras su giro idealista para incorporar influencias de otros autores posteriores. Rovira afirma que el propio Seifert considera que la fenomenología realista “no es una escuela más dentro del amplio movimiento fenomenológico, sino que constituye su parte más importante”. También dice que le debemos tanto a la escuela como al filósofo austriaco “uno de los intentos más sólidos de fundamentar sobre nuevas bases la metafísica clásica y de refutar el subjetivismo de toda laya que es propio de gran parte de la filosofía moderna” (pág. 12).
Aquí nos topamos ya con dos ejemplos de lo que hemos llamado prefilosofía: primero, contraviniendo el mandato medieval de evitar la proliferación de entes, en la filosofía se multiplican las escuelas, corrientes, escisiones, egos y tejemanejes varios cuya razón de ser solo entienden sus responsables. Segundo, con una falta de modestia que roza la patología, hay filósofos que se propugnan como la solución definitiva a todos los problemas del mundo de la filosofía y, por supuesto, el mundo de la filosofía, inmunizado ante tales maximalismos, recibe sus soluciones con la más absoluta indiferencia.
Un inicio problemático
El texto propiamente principia con una sentencia solemne, pétrea: “El objetivo de la filosofía es buscar la ¨verdad del ser¨, no solo estudiar las opiniones de los filósofos” (pág. 15). Mal asunto. El autor ya nos ha perdido en la primera línea. Contraviene una vez más una máxima de la Escolástica, una que aplica a la escritura de tratados filosóficos pero no a comentarios de libros, en la que se recomienda afirmar poco, negar nunca y distinguir siempre. Seifert pontifica y hace aguas por todos los sitios.
El texto propiamente principia con una sentencia solemne, pétrea: “El objetivo de la filosofía es buscar la ¨verdad del ser¨, no solo estudiar las opiniones de los filósofos” (pág. 15). Mal asunto. El autor ya nos ha perdido en la primera línea. Contraviene una vez más una máxima de la Escolástica, una que aplica a la escritura de tratados filosóficos pero no a comentarios de libros, en la que se recomienda afirmar poco, negar nunca y distinguir siempre. Seifert pontifica y hace aguas por todos los sitios.
Tal vez hay dos tradiciones filosóficas: una es la que dice que el objetivo de la filosofía es buscar la verdad del ser, y está encerrada en sus propios temas, es críptica, autorreferencial y solo piensa sobre problemas que ella misma ha creado. Otra es la que dice que el objetivo de la filosofía es buscar la verdad de todas las cosas, y es una tradición abierta a la realidad mundana, que busca ser un conocimiento útil fuera de la propia filosofía y retribuir así a la sociedad que la hace posible.
Un gesto de humildad que todo filósofo debería tener es no lanzar estos decretos sobre lo que es o no es filosofía. Nosotros hemos renunciado a esa batalla y hablamos de “pensamiento” o “humanidades”, ya que es una pérdida de tiempo intentar hacer entender a un filósofo que la filosofía no es lo que él desea, lo cual, por cierto, suele coincidir—nada casualmente—con el campo de la materia que domina: para un zubiriano, la filosofía es lo que hizo Zubiri; para un hegeliano, la filosofía empieza y termina en Hegel. Por supuesto, completando el silogismo, si uno no sigue coránicamente a Zubiri o a Hegel, es porque no hace filosofía.
Otra cuestión es lo de que la filosofía no es solamente estudiar las opiniones de otros filósofos. Claro, pero sí lo es en gran medida. Una vez más, hay que tener un ego un tanto inflado para pensar que se puede llegar a verdades innegociables en metafísica mediante un sistema recién inventado y, por otro lado, que se puede cimentar algo de provecho sin estar plenamente enraizado en el legado filosófico occidental. Qué poco medieval y qué soberbiamente moderno es este señor, que se olvida de aquello de auparse a hombros de gigantes.
¿De verdad se pretende subsanar los errores de la modernidad filosofando desde esos mismos errores?
En la página 103, Seifert volverá a insistir en esta idea de que hay que poner entre paréntesis aquello que han sostenido otros filósofos. Se le puede reconocer que no hay que aceptar magister dixit lo que han dicho los clásicos y que casi todo lo que dijeron es debatible. Pero él no dice eso. Además, el autor se nos antoja un poco cobarde en esta página, porque una idea tan problemática la despacha en medio párrafo, como si dijera una nonada y no quisiera que nos detuviéramos en ella. Luego se contradice pronto, en la página 107, cuando momentáneamente se nos vuelve criptohermenéutico, pero después regresa a su postura inicial, afirmando que no es tan importante leer a los clásicos como aplicar su método a la lectura de los mismos. (Por piedad interpretativa, queremos pensar que no hemos entendido bien esta frase).
Seguimos con la prefilosofía. Le suceden citas a Descartes y Max Scheler. Esta será la tónica de todo el libro. Básicamente, un autor germánico hace lo propio de todo autor germánico: citar únicamente a filósofos de su lengua, con algún francés inevitable como el mencionado y algún inglés (más adelante, Russell), pero poco más. Estos señores teutones tendrían que desheideggerianizarse y entender que también se hace filosofía—y mucho mejor—en otras latitudes. Además, por cortesía hacia sus hospedadores, creemos que podría dar a entender que se ha interesado en la tradición filosófica chilena, de la que seguro podría aprender algo si no estuviera tan ensimismado en su volkgeist.
Lo peor de estos filósofos eurocéntricos (que entienden por Europa Alemania y Francia, claro) es que nos llevan a simpatizar con la teoría postcolonial. Nunca se lo podremos perdonar.
La segunda y tercera página del libro presentan tres cuestiones fundamentales. La primera es su afirmación de que “la filosofía no es una mera expresión de cierta originalidad subjetiva de nuestras mentes” (pág. 16), lo que contradice todo el contenido del libro. Que no lo sea depende de si el filósofo se atiene al método (de la fenomenología realista, suponemos), lo que es directamente absurdo, porque ese método ha surgido precisamente de la originalidad subjetiva de su mente.
Otro asunto relacionado es su reconocimiento como fenomenólogo y su cita a Husserl. Aquí topamos con un tema crucial: la fenomenología.
Nick Land dice:
“La palabra fenomenología ha caído aún más en descrédito. Comparada con la majestuosa pompa del sistema hegeliano, la filosofía de Edmund Husserl—con la que la palabra ¨fenomenología¨ está ahora inextricablemente entrelazada—es una excentricidad neokantiana. Hay algo profundamente infantil en la obsesión egocéntrica del pensamiento husserliano (que a uno le recuerda a Fichte). Solo vale la pena mencionarlo porque—principalmente por razones sociopolíticas—no ha dejado de tener defensores.”
Land dice esto en su libro Sed de aniquilación, que es una apología del pensamiento de George Bataille, así que hay que cogerlo con pinzas, pero suscribimos todas y cada una de sus palabras.Habría que estudiar por qué un estrechamiento del horizonte filosófico tan grave como el cartesiano, que lo reduce todo a la conciencia propia (mi ombligo = mi verdad), sigue gozando de hegemonía en la academia española. Solo caben explicaciones por “razones sociopolíticas” para comprender que, cien años después, sigamos con la monserga husserliana, cuando ha llovido tanto y tan caudalosamente en la filosofía occidental del último siglo.
El eterno retorno del método
El método o los métodos. Igual da. Esta es la propuesta supuestamente epatante de Seifert. ¿Qué es la fenomenología además de un método? Nada. Es un método que reflexiona sobre sí mismo y nunca se vuelve operativo más allá de sus propios circuitos de retroalimentación. Es un método que se contempla a sí mismo eternamente; lleva un siglo haciéndolo. Cien años girando sobre sí mismo en la casilla de salida.
La fenomenología es, en esencia, un festín de autofagia metodológica.
Un tomista, un kantiano, un marxista… también tienen un método, pero van más allá de él. El método es algo que estudian de jóvenes, al principio de su formación, lo aprehenden y, desde allí, se dedican a estudiar antropología, estética o lo que sea. No vuelven necesariamente una y otra vez sobre su método; son capaces de aplicarlo para hablar de otras cosas.
Una metodología que, por cierto, siguen sin concretar, como demuestra este libro. Que Seifert afirme campanudo que ahora sí, que la fenomenología realista es por fin el método, querría decir que en los cien años previos los fenomenólogos han estado mintiendo cuando decían que ya lo tenían. (Tampoco entendemos qué tiene de realista su sistema, por otro lado).
La sempiterna obsesión por el método fenomenológico nos lleva a sospechar que los fenomenólogos son los primeros que no acaban de creérselo. En la fenomenología, el método es el objeto de estudio; sustituye el fin por el medio. Es un cúmulo de jerigonza autorreferencial sin aplicación práctica en la realidad. O sí, si la simplificamos a una mera descripción de fenómenos tratando de que nada de lo que creemos saber mediatice nuestra tarea. Es decir, una fenomenología no rigurosa, como mera aspiración epistemológica, pero sin reducciones eidéticas y demás. Una fenomenología genérica, no husserliana, sí podría tener cierto sentido.
Husserl afirmaba que su sistema convertía a la filosofía en una ciencia rigurosa, y es lo menos científico y lo menos riguroso que se puede concebir.
Imaginemos un farmacéutico que asegura haber creado, con rigor científico, un jarabe que quita la gripe en treinta segundos. Aunque luego matiza que igual no la quita y que además hace que te explote la cabeza. Y tras decir esto, retoma su insistencia en que es un jarabe hecho con rigor científico.
¿Cómo se puede seguir acatando acríticamente a Husserl, en cualquiera de sus fases, cuando incluso dentro de la filosofía alemana se le han hecho enmiendas tan inapelables como la hermenéutica?
El comodín Lovaina
La fenomenología, además, ha devenido en un saber gnóstico. Cuando se le señalan aporías a un fenomenólogo, siempre acaba recluyéndose en la misma justificación: en los archivos de Lovaina está la réplica exacta a nuestro argumento. Es decir, que la bibliografía realmente existente de y sobre Husserl es un saber incompleto, porque hay un lugar mágico donde están todas las respuestas, solo conocido por unos pocos iniciados que han cruzado su umbral.
Por supuesto, jamás hemos conseguido que ningún fenomenólogo nos enseñe una copia de esas supuestas notas que tienen todas las respuestas y que, para ser aún más gnósticos, según parece están escritas en clave. Husserl escribía tanto y tan rápido, poseído por no se sabe bien qué espíritu iluminador, que desarrolló su propio idioma para escribir abreviado porque no le daba tiempo a conceptualizar y verbalizar tanta sabiduría. Afortunadamente, los fenomenólogos han aprendido a descifrar sus jeroglíficos y, siempre que tengamos fe en su criterio, nos los traducen gentilmente.
La fenomenología como rol social
Los filósofos centran su deseo metafísico (en sentido girardiano) en ser reconocidos como filósofos por sus pares. Para ello, se mimetizan con la imagen de lo que se entiende por filósofo en los temas que tratan y el lenguaje que utilizan. Constantemente se sienten inseguros, temen ser descubiertos y, por eso, se escudan tan rabiosamente en el rol. Decir “fenomenología”, “dasein”, “epistemología” o palabros por el estilo los mantiene a cubierto, mimetizados con el rol. Presentar alegatos contra tales hegemonías sería demasiado peligroso; podría delatarlos y hacerles perder el título de filósofos.
Creemos que algo de ello hay en este caso. De cualquier manera, la vigencia hoy de la fenomenología y de cualquiera de sus epígonos solo puede comprenderse desde los parámetros de la prefilosofía.
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