4.8.24

¡Crear o morir!, de Andrés Oppenheimer

Andrés Oppenheimer es un liberal iberoamericano, es decir, alguien que no se deja mecer por los vientos hegemónicos de la región. Trabaja como periodista en la rama hispana de CNN. También escribe libros, todos recomendables, claros y pedagógicos. El que hoy nos ocupa es ¡Crear o morir!, aunque muchas de las ideas que discutiremos también se aplican a otras de sus obras, como Basta de historias o Cuentos chinos.

El género al que pertenecen sus libros podría denominarse "apologética liberal". Consiste en explicar las virtudes del liberalismo a lectores supuestamente hostiles o incrédulos, confiando en que el peso de los argumentos les transforme súbitamente de colectivistas en individualistas, de populistas en ilustrados, de comunistas en defensores del libre mercado.

La estrategia para ello radica en apelar al sentido común, argumentar racionalmente y presentar datos verificables que muestran cómo las ideas de la libertad favorecen la democracia, el progreso económico y la salvaguarda de los derechos individuales de manera más eficaz que cualquier otro sistema de organización social.

Por ejemplo, Crear o morir empieza con una pregunta muy pertinente que debería estar en el centro de la agenda política de nuestros países: ¿Por qué no surge un Steve Jobs en México, Argentina, Colombia o en cualquier otro país de América Latina o España, donde hay gente tanto o más talentosa que el fundador de Apple? Unas páginas más adelante menciona que un español le respondió en un chat que en su país es inimaginable un Steve Jobs porque es ilegal iniciar un negocio en un garaje. Esta respuesta no es completamente satisfactoria, ni para el autor ni para el lector, pero señala el camino que seguirá el libro: el análisis de los impedimentos culturales y políticos que impiden que los países de habla hispana exporten productos de alta tecnología o hagan del registro de patentes un negocio próspero.

Oppenheimer dedica ocho de los diez capítulos a entrevistar emprendedores de diversas partes del mundo para que compartan sus secretos. Algunos de ellos son hispanos pero viven en Estados Unidos, lo que subraya que el problema no radica en la capacidad individual, sino en el contexto en el que se desarrollan.

El periodista defiende ideas aparentemente lógicas: propone que, si se concentra gente talentosa en un lugar y se les da libertad creativa, suelen generarse grandes innovaciones con efectos positivos en la sociedad. También dedica mucho espacio al sistema educativo, afirmando que el actual modelo, basado en el prusiano del siglo XIX, busca formar ciudadanos dóciles y obedientes al gobierno, mientras que sistemas educativos más flexibles fomentan la autonomía individual y el pensamiento crítico. Más adelante, destaca la importancia del imaginario cultural, que puede ser más o menos proclive a la innovación, y delega en los políticos la misión de cambiar el rechazo social hacia los emprendedores en nuestra región.

Oppenheimer presenta argumentos de peso para mejorar la calidad de vida y ampliar los horizontes existenciales. Sin embargo, su enfoque tiene un punto flaco: evita preguntarse por qué el poder político no quiere la prosperidad económica. No es que no sepa cómo hacerlo, sino que no está entre sus objetivos.

¿Tan difícil sería replicar un Silicon Valley en Monterrey, Quito o Jaén en menos de diez años? Con una legislación adecuada, ventajas fiscales e inversión en infraestructura, parecería factible. ¿Es imposible una ley educativa que, en lugar de fomentar el adoctrinamiento, favorezca la ciencia, el trabajo en equipo y la autonomía individual? Ya hay países donde esto sucede con resultados palpables. ¿Resulta absurdo cambiar el imaginario social para que los jóvenes, en lugar de aspirar a ser futbolistas o funcionarios, sueñen con dejar huella en la sociedad mediante la innovación? En ciertos sectores, ese imaginario ya existe; solo faltaría democratizarlo.

En YouTube hay un fragmento de una entrevista de Oppenheimer a la líder estudiantil chilena Camila Vallejo, hoy portavoz del gobierno de Gabriel Boric, en la que ella afirma que el problema de Chile no es la pobreza, sino la desigualdad. No considera prioritario evitar que haya pobres, sino que haya ricos. También se puede encontrar una entrevista de Carolina Sanín al entonces candidato presidencial colombiano Gustavo Petro, en la que éste advierte que "cuando los pobres dejan de ser pobres, se vuelven de derecha", por lo que es mejor "educarlos en el ser y no en el tener". En otras palabras, que acepten su miseria material como un imperativo estoico. Petro ganó las elecciones a pesar de haber dicho tal cosa.

Es innegable que el globalismo financiero favorece a este tipo de líderes. Sus medios de comunicación, que son casi todos los generalistas, crean narrativas que encumbran a estos políticos "progresistas" y "defensores del decrecimiento". Lo vemos en Argentina, donde Javier Milei es presentado como un perturbado que habla con su perro muerto, mientras que el peronismo, principal responsable del colapso económico del país, es retratado como el baluarte de la democracia.

Además de hacer apologética liberal, que a veces parece una epopeya de lo obvio, es necesario analizar qué poderes rigen nuestro mundo. Que el liberalismo es la mejor garantía para acabar con la pobreza y fomentar el desarrollo económico es evidente. Pero que esta verdad no sea mayoritaria en nuestra Iberosfera se debe a que los ricos y poderosos, con sus aparatos ideológicos, trabajan para inculcar mentalidades pobristas en la población.

El peligro es caer en un mesianismo político que espere una revolución cultural espontánea sin acción política concreta. El objetivo liberal debe ser el poder. Podemos soñar con una conversión masiva de la población o anhelar una rebelión randiana de emprendedores, pero mientras la alergia liberal al uso del poder persista, no habrá cambios. Las ideas están claras; ahora hay que pasar a la acción. Demostrar con hechos que la libertad genera una civilización mejor. Nosotros tenemos a Oppenheimer; ellos tienen las televisiones y los tanques. Hay que aspirar a tener lo suyo sin perder lo nuestro.

Cualquier proyecto político que no pase por controlar el poder es ficción. Sin la capacidad real de modificar las condiciones materiales sólo hay declamación y melancolía; meras almas bellas hegelianas. No hay nada hermoso en perder teniendo la razón de nuestro lado; llevamos demasiados años haciéndolo. Hay que tomar todos los castillos para activar las máquinas de producir progreso económico y tecnológico, progreso de ese que Peter Thiel llama vertical, frente al progreso horizontal, que básicamente consiste en garabatear derechos a discreción y comprar servidumbres firmando cheques que pagarán nuestros hijos.

Por supuesto, una vez que la prosperidad nos lleve a vidas mejores, este pobrismo izquierdista que nos hunde en el estancamiento civilizatorio se recordará como una mezquindad más de las que se están pudriendo en los estercoleros de la historia. 


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