25.2.24

El poder de los sin poder, de Václav Havel

Supongo que la mayoría de nosotros tenemos a las novelas de Milan Kundera como principal referencia de la Checoslovaquia comunista. Más allá de eso, sabemos poco, y ya es un poco tarde para comprobar en persona cómo era la vida allí. Lo que creemos saber es que se trataba de una dictadura que, sin ser del todo criminal ni del todo paupérrima, ejercía un estricto control político sobre las esferas pública y privada. Dicho control se imponía mediante la omnipresencia de la propaganda y el chantaje emocional —el célebre kitsch—, que obligaba a comportarse de una manera determinada tanto en la calle como en el dormitorio. El castigo por desobedecer tanta emocionalidad socialista podía ser la cárcel o el exilio.

Por otro lado, Václav Havel fue el primer presidente democrático del país, pero antes de eso fue un disidente que escribió en la clandestinidad el manifiesto El poder de los sin poder, que se convirtió en el samizdat checoslovaco por excelencia entre aquellos que no sabían o no querían desfilar al compás de las consignas gubernamentales. No es difícil asociarlo con el ambiente que refleja Kundera; podemos imaginar a sus personajes desesperándose en el régimen que denuncia Havel.

En la edición española de El poder de los sin poder, publicada por la Editorial Encuentro, encontramos una introducción de Belén Becerril que nos explica cómo, tras la fallida rebelión de Praga en 1968, la disidencia checoslovaca parecía aplacada. Sin embargo, unos años después, el régimen cometió el error de perseguir a un grupo local de rock psicodélico, The Plastic People of the Universe, lo que originó un nuevo movimiento de contestación que se canalizó en la Carta 77, una misiva crítica firmada por 241 personas y hecha pública en 1977. Las autoridades prohibieron su distribución y encarcelaron a sus instigadores, cuyo líder era Havel.

Entre entradas y salidas de la cárcel, y con el dolor por la muerte en prisión de su mentor, el filósofo Jan Patočka, Havel escribió El poder de los sin poder. Tal vez la escritura clandestina no daba para muchas florituras, o quizá la traducción no le hace justicia, pero lo cierto es que el texto es estilísticamente espeso y algo reiterativo. Sin embargo, ha pasado a la historia por su importancia y calado, que es lo que realmente nos interesa aquí.

El ensayo, de unas ciento veinte páginas, plantea cuestiones generales que, si bien son más comprensibles para alguien que haya vivido bajo el régimen comunista, resultan universales y accesibles para cualquier lector. Havel denomina al sistema que padece "postotalitario" porque, aunque totalitario, es diferente a las dictaduras clásicas. Se caracteriza por no ser caudillista, ya que las cabezas visibles de la nomenklatura cambian constantemente y ninguna figura sobresale demasiado. La ideología es esencial para el mantenimiento de este poder sin rostros permanentes, y por eso es omnipresente, generando una realidad paralela. Con el tiempo, la ideología deja de ser un simple instrumento de los poderosos y se convierte en el poder mismo, sometiéndolos también a ellos.

Este diagnóstico es especialmente impactante y arroja luz sobre el fenómeno de lo políticamente correcto en la actualidad. Al final, los políticos acaban atrapados en el mantenimiento de la ideología, y lo que en principio parecía un recurso para legitimar su poder termina instrumentalizándolos a ellos. Como la ideología no parte del mundo real, se alimenta de mentiras que, con el tiempo, se vuelven más grandes e insostenibles. Todo se convierte en una ficción en la que ya nadie cree, y que el sistema sobreviva o no acaba dependiendo de factores externos, porque su legitimidad es nula.

Una de las ideas más potentes de Havel es la parábola del tendero. Entre las cebollas y zanahorias de su tienda, el comerciante ha colocado un cartel con el lema: "¡Proletarios del mundo, uníos!". Havel se pregunta por qué lo ha hecho, ya que nadie le ha obligado explícitamente. Considera varias posibilidades: el miedo, la necesidad de evitar problemas, el deseo de sentirse parte de un proyecto colectivo... Su conclusión es que, al colocar el cartel, el tendero está manifestando su alineación con el poder. Está demostrando, aunque sea de manera implícita, que quiere formar parte del sistema.

Este mecanismo es fácilmente extrapolable a nuestra realidad política. Cuando un ciudadano adopta las consignas del gobierno de turno, aunque sea de forma indirecta, está mostrando su adhesión al poder. Se me ocurre, por ejemplo, la costumbre de ondear la bandera nacional o la bandera LGTB dependiendo de qué partido esté en el gobierno. No es un apoyo explícito, pero sí una aceptación de su discurso, que en la práctica equivale a lo mismo. Sin embargo, rara vez este tipo de apoyo se ve recompensado. El ciudadano que aplaude nunca llegará arriba ni tendrá peso real en las decisiones; pero por un momento, puede sentirse parte del poder, pasajero de uno de esos coches oficiales que observa desde la ventana.

Otro concepto que Havel desarrolla con fuerza en El poder de los sin poder es la "creación del panorama cotidiano del pueblo", que consiste en inundar un territorio con carteles y pintadas de un único movimiento político. No es necesario que ese movimiento sea el oficial del gobierno; basta con que predomine en el espacio público para generar un efecto de coacción. Aunque la mayoría de los ciudadanos no comulguen con esas ideas, la mera presencia abrumadora de su simbología los hace sentir en minoría y los obliga a comportarse con cautela.

Un ejemplo contemporáneo de esto lo encontramos en las universidades públicas españolas. Sus muros, llenos de pintadas con eslóganes revolucionarios, parecen decorados el día después de la toma del Palacio de Invierno. Sin embargo, muchos estudiantes no se identifican con ese discurso; incluso lo critican en voz baja en los pasillos. Pero su efecto coercitivo sigue funcionando: pocos se atreven a disentir en público.

La alternativa que propone Havel para escapar de este sistema es lo que él llama la "dimensión noética", es decir, el desvelamiento de la verdad. En un mundo saturado de ideología, donde la realidad está oculta bajo una capa de propaganda, vivir de acuerdo con la verdad es el acto de resistencia más poderoso. No es mucho, pero tampoco es poco. Y, al menos en su caso, funcionó.

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