Jim Goad (n. 1961) es un escritor norteamericano que no parece la mejor de las personas. Es más, si una décima parte de lo que se cuenta en su perfil de Wikipedia fuera cierto, podríamos calificarle sin miramientos como abyecta escoria humana. Pero lo que nos trae aquí no es su lamentable desempeño vital, sino su primer y potentísimo libro, Manifiesto Redneck.
Este libro-sismógrafo se publicó en Estados Unidos en 1997 y solo recientemente ha aparecido en nuestro idioma. Sin embargo, este lapso de tiempo nos permite comprobar cuánto del terremoto político que predecía se ha convertido en una realidad social innegable. Y si bien no somos estadounidenses, podemos aseverar que Goad acierta, al menos por lo que cuentan los noticieros. También damos fe de que es posible traducir muchos de sus vaticinios al devenir de nuestro propio país. A veces, este juego de espejos es útil, y vale la pena analizar lo que sucede en el vecindario de al lado para buscar similitudes y entender mejor lo que pasa en el nuestro.
Manifiesto Redneck es un producto de los Estados Unidos y de los años noventa, lo que se nota porque pocas veces hemos leído un libro con tantas notas del traductor. Goad nos ametralla con referentes culturales de un contexto no del todo familiar, y sin estos guiños explicativos vagaríamos a ciegas por estas páginas. Pero todo es muy llevadero; aunque alguna broma se pierda por el camino, su estilo es brillante. Es como si Charles Bukowski escribiera un tratado de sociología con su característico estilo descarnado. Algo aprendes y, además, te ríes.
El humor, por cierto, no es un tema secundario. Goad insiste mucho en que no hay que tomarse demasiado en serio a uno mismo, porque de lo contrario se corre el riesgo de acabar convertido en un ideólogo progresista, de esos que están siempre amargados y que no son más que mojigatos llenos de miedos. “Sin chistes, jamás habrá paz” (p. 328). Pero no nos dejemos engañar: tras la risa del Joker hay mucha densidad intelectual. Goad tiene recursos; se nota que ha leído y vivido mucho. Sabe dónde está la herida. Y la herida es que no solo la guerra de clases existe y todavía sangra, sino que, además, los ricos se dedican a echarle sal con su plebefobia, que infecta todo el mundo occidental.
El Manifiesto es un grito de cólera contra la omnipresencia de los temas raciales en la conversación pública. Goad sostiene que eso no es más que una cortina de humo para evitar la verdadera dialéctica política, que es la de las clases sociales. “El clasismo sigue siendo un grano prácticamente sin rascar en el culo de nuestra nación. Si cada estadounidense pensase en la clase en lugar de en la raza durante solo cinco minutos al día, sucederían algunas cosas revolucionarias” (p. 154). Estados Unidos no se divide entre negros y blancos, sino entre ricos y pobres. Los redneck, la basura blanca, los paletos maltratados o como quieras llamarlos, son el lumpen al que, encima, se acusa de ostentar un “privilegio blanco”. No solo son explotados económicamente, sino que también constituyen la clase social más vilipendiada y ridiculizada del país, a la que se culpa de crímenes históricos en los que no tuvieron parte ni beneficio. “La basura blanca es residuo industrial en términos humanos” (p. 54). Las élites pueden marginarla en lo económico o insultarla a diario; lo que no parece buena idea es hacer ambas cosas a la vez.
Hay un par de capítulos en los que Goad cuenta que, en el siglo XVII, muchos blancos llegaron a las Colonias con una “servidumbre por contrato”, un estatus similar al de esclavo. Fue cuando siervos blancos y esclavos negros empezaron a rebelarse juntos, porque juntos vivían y padecían, que las élites tuvieron la ocurrencia de crear leyes raciales para hacer sentir superiores a los blancos pobres sin mejorar en nada su existencia real. Las élites eligieron en un primer momento a los blancos pobres en su sempiterno y eficaz “Tango del Resentimiento” (p. 318), y ahora han cambiado de pareja de baile. Las élites, por supuesto, siguen marcando el paso.
Evidentemente, que ahora los negros sean los estupendos y los blancos demonios con penes pequeños y rosas no significa que los primeros vayan a vivir ni medio céntimo mejor que ayer. Seguirán con sus miserias y sin seguridad social. El Tango del Resentimiento lo que hace es concederles el derecho a sentirse valorados. Eso de lo que Francis Fukuyama habla, el “reconocimiento thymótico”, significa que los amos del cotarro te dicen que te aman tanto que no necesitas nada más, que eres muy especial, y que con esa validación sería egoísta pedir un aumento de sueldo o una casa en propiedad. Los afroamericanos hoy en EE.UU. van a vivir peor que sus padres, pero al menos tienen el privilegio de sentirse identitariamente mejores que los blancos. O sea, que están comprando la misma patraña que compraron los rostros pálidos hace un siglo.
Hay otro capítulo en el que el autor desmitifica completamente la Guerra Civil estadounidense. Reproduce citas extremadamente racistas de Lincoln y afirma que este solo quiso abolir la esclavitud tras dos años de contienda, y únicamente para hundir económicamente al Sur. Parece claro que lo de que Lincoln mandó a morir a cientos de miles de jóvenes para liberar esclavos no es más que, literalmente, la historia que emocionó a Spielberg.
Pero sin duda los párrafos más universales e imperecederos son los que giran en torno al tema del odio. Hasta este está regulado. Citamos in extenso: “La INCITACIÓN AL ODIO es el concepto más orwelliano que ha surgido del ocaso del siglo XX. Es especialmente engañoso porque se oculta tras una máscara de Cara Feliz. Casi todo el mundo quiere estar del lado del amor, ¿no? Como todas las ideas peligrosas, la noción de la incitación al odio suena bien hasta que uno se pone a desmantelarla pieza por pieza. El primer problema está en la imprecisión del término. La incitación al odio, al parecer, se refiere a todo lo que ellos odian [...] Reducir las luchas sociopolíticas complejas a un asunto de ´odio´ es tan simplista como culpar al ´pecado´, pero se lo tragan” (p. 252).
Lo que define al Estado es que tiene la exclusividad de decidir el uso legítimo del odio: cuánto y por qué puedes o no odiar. Pero “si alguien llegase a concebir una máquina capaz de medir el odio (un odiómetro), apostaría mis monedas falsas a que existe más odio entre jefes y empleados que entre negros y blancos” (p. 150).
La cuestión es más bien cómo reapropiarnos de nuestro odio, no dejar que lo teledirijan las élites, y convertirlo en arma política. Goad sueña con blancos y negros pobres haciéndose conscientes de que les une la dificultad para llegar a fin de mes y actuando en consecuencia. No sería difícil, porque entre ellos hay más similitudes que entre blancos ricos y blancos pobres. El gran ardid de los amos del cotarro ha sido poner a pelear a blancos y negros pobres por las migajas que se caen al suelo en las cuchipandas globalistas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario