19.5.24

La cuestión de la técnica en Ortega y Gasset


Uno de los grandes misterios de la filosofía es el orden de sus prestigios. ¿Qué hace que determinados filósofos sean reverenciados como oráculos modernos y se les cite hasta la saturación, mientras que otros de mayor mérito son arrojados al averno del olvido?

Sabemos que hay una dependencia de la geografía hasta niveles obscenos y que un galimatías manchando un papel se considerará un hito del pensamiento si viene escrito en alemán o francés, mientras que obras innovadoras y bien estructuradas pasarán desapercibidas si fueron escritas en idiomas con menor celebridad filosófica. La política juega claramente un papel principal, y el respaldo de estados fuertes explica sin duda la prevalencia de determinados autores. También está la importancia de la industria editorial, que es lo mismo que decir el peso económico del país donde publica un autor. Pero, sobre todo, como factor definitivo, encontramos las inercias intelectuales, es decir, la cobardía constitutiva de los académicos que hace que se regurgiten sin fin aparente a tres o cuatro autores con los que se sienten seguros, en lugar de desafiar los prejuicios de su casta y ampliar su horizonte intelectual con nuevos pensadores que presenten enfoques novedosos.

Aunque la verdad es que nada explica satisfactoriamente este cul de sac en el que vive la filosofía académica, que parece no haber descubierto que hubo más siglo XX que el de Husserl, Foucault y Deleuze. Y, sobre todo, que el de Martin Heidegger, una persona moralmente abyecta y con una formación mediocre, que no tenía ni los más mínimos conocimientos de disciplinas como la economía, la biología o la historia, y que, sin embargo, figura como el gran pope del que lleva bebiendo la filosofía occidental desde hace ya casi un siglo. Su talento para los juegos de palabras y las propuestas vacías pero gesticulantes no ha tenido parangón, eso sí, y, desgraciadamente, sigue siendo un tótem incontestable. En 2027 se cumplirá el centenario de la publicación de Ser y tiempo. Quizá va siendo hora de asumir que no se puede exprimir más esta obra y buscar otros textos sobre los que trabajar.

No consta que su legado intelectual haya aportado nada a la liberación individual, al progreso social ni al avance civilizatorio. Queda pendiente para una verdadera Teoría Crítica dilucidar qué ha salido mal en Europa para que no se considere necesario cierto compromiso con la mínima decencia como condición para ser encumbrado como filósofo de referencia.


Contra Heidegger

Heidegger ha sido considerado como el gran filósofo de la técnica. Afortunadamente, semejante despropósito está siendo rebatido por autores más recientes. Javier Rodríguez Hidalgo, por ejemplo, tuvo la mala idea de nacer en Portugalete en los años setenta, y su genial librito ¿Sólo un dios puede aún salvarnos? Heidegger y la técnica no ha dejado huella, aunque sospechamos que, si hubiera aparecido bajo nombres galos en París, hoy sería una lectura imprescindible.

Rodríguez Hidalgo afirma que ha habido en el siglo XX muchos filósofos de la técnica mucho más interesantes que Heidegger (Lewis Mumford o Jacques Ellul, por ejemplo) y, sobre todo, con muchos más conocimientos científicos. Canonizar al alemán como adalid de la disciplina ha lastrado las investigaciones en este ámbito, ya que, de hecho, casi no escribió sobre el tema y sus pocas reflexiones son realmente metafísicas, ajenas a la técnica en sí. De hecho, Heidegger ha arrojado a sus seguidores a “una reflexión en circuito cerrado en torno a la técnica y el olvido del Ser”, que carece de operatividad, sin aplicaciones concretas, y que se pierde en las nieblas del lirismo más afectado.

Antonio Diéguez, catedrático de Filosofía de la Ciencia y profesor de la Universidad de Málaga, también relativiza mucho el supuesto magisterio de Heidegger. Pero no se queda en la desmitificación: propone una alternativa, desempolva a José Ortega y Gasset y demuestra que su Meditación sobre la técnica es mucho más productiva que cualquier galimatías metafísico heideggeriano.

Encontramos su vindicación de Ortega, además de en la introducción a la edición del libro de Ortega en Biblioteca Nueva, que coescribe con Javier Zamora Bonilla, en un texto mucho más desarrollado en la Revista Internacional de Tecnología, Conocimiento y Sociedad, titulado “La filosofía de la técnica de Ortega como guía para la acción. Una comparación con Heidegger”, que circula sin problemas en PDF.

Este es el estudio comparativo de las filosofías de Heidegger y Ortega en el terreno de la técnica más competente que conocemos. Diéguez hace un repaso del pensamiento de ambos filósofos y, si bien reivindica a Ortega, también le reconoce algún mérito al viejo nazi.

Diéguez concluye que el prestigio de Heidegger se debe a su radicalidad y a su impugnación del mundo moderno, muy del gusto del nihilismo posmoderno. Ortega, en cambio, defiende la modernidad y sus posibilidades liberadoras. Confía razonadamente en los beneficios de la técnica, sin caer en la tecnofilia casi mística de algunos pensadores contemporáneos.

Es decir, Heidegger escribe para adolescentes que creen que el mundo les desmerece; Ortega, en cambio, lo hace para adultos que agradecen estar vivos.

Veamos a dónde nos lleva el logos del Manzanares, que fluye limpio de bilis.


La Meditación de Ortega

Meditación sobre la técnica nace de una conferencia impartida en la Universidad Internacional de Santander en 1933. La versión que manejamos desde los años cincuenta incluye como anexos Ensimismamiento y alteración—que, de hecho, forma parte de El hombre y la gente—y la transcripción de unas conferencias en Darmstadt de 1951. Investigar si este orden fue el deseado por Ortega o si se lo debemos a su discípulo Paulino Garagorri, responsable del canon orteguiano hasta hace pocos años, es un tema que nos supera. Aceptaremos el conjunto sin más.

Fue un trabajo innovador en su tiempo, lo que, por cierto, dice poco en favor de los filósofos, que, tras casi dos siglos de revolución industrial, aún no habían convertido el tema en materia de estudio. El gran filósofo de la tecnología actual, Carl Mitcham, asegura que Ortega fue el primer pensador en abordar filosóficamente la técnica. Sin embargo, Diéguez matiza en la introducción de su edición que Oswald Spengler y Lewis Mumford ya habían escrito libros específicos sobre el tema con anterioridad. En cualquier caso, el filósofo madrileño fue uno de los primeros en considerar la técnica un asunto crucial y en anticipar lo que sería un eje recurrente en la filosofía posterior.

(“Técnica” es el término que emplean Ortega y Heidegger, y así ha quedado. Sin embargo, lo cierto es que sería más correcto hablar de “tecnología”, pues no se hace referencia al talento humano ni al trabajo artesanal, sino a la existencia de un aparato complejo, basado en conocimientos científicos, capaz de actuar con autonomía. Actualmente, ya se habla de filosofía y filósofos de la tecnología.)

La lectura de la Meditación es, como casi toda la obra de Ortega, grata y productiva. Se trata claramente de un libro breve, inflado con textos posteriores, pero que ofrece un gran rendimiento intelectual. En gran parte, su contenido se inscribe en la antropología filosófica y sostiene que la técnica no es un factor externo al ser humano, sino que este es inconcebible sin ella. Lo que define al hombre es su capacidad para transformar el medio en función de sus necesidades, en lugar de adaptarse pasivamente a él, como hacen los animales.

Aquí Ortega también recurre a su idea de que el hombre es un novelista de sí mismo: se “autofabrica” y busca su propio yo. La técnica le ayuda en ese proceso. Es evidente que un horizonte de avances tecnológicos amplía exponencialmente los posibles yoes que cada individuo puede construir, mientras que vivir en una caverna reduce drásticamente las opciones. Un cazador-recolector nunca podrá elegir entre ser bombero o astronauta.

Por tanto, la técnica no es ni buena ni mala: es inseparable del ser humano. No hay uno sin el otro.


La técnica como “sobrenaturaleza”

Ortega comienza defendiendo el origen instintivo de la técnica, pues emana del instinto de supervivencia. El hombre usa sus habilidades para defender su vida. Sabe que va a morir y no quiere hacerlo. Para evitarlo, construye un universo tecnológico, que Ortega llama “sobrenaturaleza”: la epidermis planetaria en la que vivimos, que ya no es mera physis.

Para Ortega, la naturaleza no es un ente amable. Aunque no discute abiertamente a los románticos ni a los enamorados del regreso a una supuesta naturaleza maternal, su pragmatismo queda claro. No hay una Pachamama esperándonos con los brazos abiertos. En un estado puro de naturaleza, no sobreviviríamos más de una semana. Bajo la “sobrenaturaleza” hay una hostilidad asesina.

El hombre construye herramientas no solo para esquivar la muerte, sino también para algo tan básico como evitar el frío. Busca el calor. Cuando lo pierde, piensa en cómo generarlo. Y va más allá: comienza a crear cosas superfluas, como depósitos de grano o presas hidráulicas, que no son imprescindibles para su mera subsistencia, pero que le permiten vivir como un ser humano. Sabemos que el hombre duerme mejor con buena temperatura y necesita el estómago lleno para ser virtuoso con la ocarina.

A diferencia de los animales, el hombre puede pensar, hablar y celebrar porque no vive en un estado perpetuo de alteración. Distingue cuándo puede ensimismarse y cuándo puede relajarse ante la llegada del invierno porque tiene víveres suficientes. La técnica, dice Ortega, es un esfuerzo para ahorrar esfuerzo.

Anticipándose a la retórica tecnófoba que cristalizará en torno a Heidegger y sus seguidores, Ortega afirma que la técnica es neutra: puede servir para el bien o para el mal, pero eso depende de los hombres, no de la técnica en sí misma. Si esta se emplea para la destrucción o la frivolidad, el error está en los criterios humanos, que no saben desear correctamente. Una generación bien formada, tanto técnica como emocionalmente, puede elevar enormemente el bienestar general mediante la tecnología.


Los tres estadios de la técnica

Uno de los muchos motivos por los que la filosofía de Ortega es superior a la de Heidegger, en nuestra opinión, es que el pensador español categoriza los tipos de técnica según su desarrollo histórico. Mientras que para el alemán un martillo y el Apolo XI son, de alguna manera, lo mismo (y desde un punto de vista “metafísico” tal vez lo sean), Ortega distingue tres estadios:

  1. La técnica del azar: Es la etapa inicial, prácticamente indistinguible de los actos animales. Se basa en la casualidad y no en la reflexión. Golpear dos piedras para hacer fuego o lanzar una flecha son ejemplos de este estadio, donde no hay conciencia de progreso civilizatorio.

  2. La técnica del artesano: Implica una invención no plenamente consciente, pero sí cierta visión de la relación entre las cosas. Es propia de Grecia y Roma, donde, aunque ya hay cultivo organizado, fabricación de herramientas y riego, aún no existe una ruptura radical con la naturaleza. El que construye la herramienta es el mismo que la usa; no hay una diferenciación entre inventor y usuario.

  3. La técnica del técnico: Es la invención buscada y reflexiva. En Occidente, desde hace dos siglos, ha prevalecido esta técnica moderna, cuyos antecedentes se dieron en China o Egipto, pero que solo en la modernidad adquirió una intencionalidad teleológica. En este estadio, se separan el inventor y el usuario de lo inventado. Ortega no llega a profundizar en la producción industrial a gran escala, quizá porque en su época España aún carecía de ella, o tal vez porque no quiso o no supo abordarla en detalle.

Si bien la clasificación de Ortega es valiosa, es relativamente superficial y ocupa pocas páginas. Compartimos el entusiasmo de Antonio Diéguez por Ortega, pero solo si lo complementamos con la lectura de Lewis Mumford, quien también divide el desarrollo tecnológico en tres etapas, pero con una profundidad mucho mayor.


Conclusión

Heidegger hace metafísica, no filosofía de la técnica. Su supuesta aportación a la disciplina exige poco esfuerzo: la retórica metafísica no es falsable y no requiere conocimientos previos. Así, los filósofos pueden regodearse en su jerigonza vacua sobre un martillo y fingir que están diciendo algo interesante. Pero su discurso no tiene utilidad práctica: no nos ayuda a clasificar los avances técnicos ni a evaluar sus riesgos y oportunidades. Heidegger no tiene nada que decir sobre drones o ingeniería genética.

Ortega, en cambio, ofrece una visión más elaborada y útil de la técnica. Nos ayuda a empezar a pensar, aunque necesitemos otros autores para profundizar. No olvidemos que Hans Jonas, uno de los filósofos más destacados en este ámbito, aún decía en los años ochenta que en la filosofía de la técnica “todo estaba por hacer”.

Por ello, seguiremos las investigaciones históricas de Mumford y las propuestas filosóficas de Ortega. A Heidegger lo dejaremos para cuando haya que poner un ejemplo de un pensador ridículamente sobrevalorado.

   

[i] ¿Sólo un dios puede aún salvarnos? Heidegger y la técnica, de Javier Rodríguez Hidalgo. Ediciones El Samón, Alicante, 2013
[ii] Meditación sobre la técnica, de José Ortega y Gasset. Biblioteca Nueva, Madrid, 2015
[iii] Thinking trough Technology, Mitcham, Carl, The university of Chicago press, 1994




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