10.3.24

Así empieza todo, de Esteban Hernández


Vivimos tiempos en los que la política se ha convertido en un escupidero de bilis. En la esfera pública no hay nada constructivo ni ilusionante, solo insultos y anatemas moralistas. Por eso se agradece encontrar un autor que no pueda encasillarse en ninguna bandería vigente y que, en lugar de escribir con dedo acusador, se limite a analizar con sosiego los problemas actuales.

Esteban Hernández, columnista de El Confidencial, lleva un lustro publicando un libro al año. El último, Así empieza todo. La guerra oculta del siglo XXI, consta de diez capítulos y doscientas cincuenta páginas muy bien escritas, con algunos párrafos cincelados con gran belleza. En él, indaga en los cambios geopolíticos actuales y cómo la pandemia de la COVID-19 no ha hecho más que agudizarlos. También aborda el nuevo orden iliberal en el que estamos inmersos, la rápida transformación de China de país feudal a superpotencia, la irrupción del teletrabajo y la digitalización, los populismos y la nueva cultura mainstream, individualista y cínica.

Hernández parte de la idea de que el origen de los fenómenos sociales radica en su estructura económica. Sostiene que en nuestro tiempo coexisten dos formas de entender el capitalismo: por un lado, el fordista, productivo, industrial, con arraigo nacional y respaldo estatal; por otro, el financiero, que no construye nada concreto, parasita los procesos productivos, requiere flujos de capital globales y prospera en sociedades desvertebradas y con Estados debilitados.

Tras la crisis de 2008, lejos de hacer propósitos de enmienda, el capitalismo financiero aceleró su dominio sobre el fordista. Esto explica que las clases medias y bajas occidentales vivan cada vez peor y se sientan más excluidas de un sistema democrático-liberal que hasta hace poco parecía incontestable.

El capitalismo fordista, si bien generó muchas injusticias y dista de ser la panacea, había llegado a un punto en que elevó el nivel de vida y funcionaba razonablemente bien. Bajo este modelo, por ejemplo, un empresario que abre una fábrica de muebles en una ciudad contrata a los vecinos, activa la economía local y paga impuestos en el país, los cuales, si el Estado es eficiente, se traducen en bienestar social.

El capitalismo financiero, en cambio, opera de forma muy distinta. Sus agentes se mueven entre ciudades globales, buscando territorios donde realizar operaciones financieras cada vez más desligadas de la economía real y que, a menudo, implican grandes negocios a costa de sectores productivos. Luego trasladan sus beneficios a paraísos fiscales, dejando tras de sí deslocalización económica y resentimiento social.

El autor no rehúye temas políticamente incorrectos. Sostiene que el capitalismo financiero ha degradado la condición humana y que está detrás de las grandes transformaciones sociales de las últimas décadas. Sus aliados, según Hernández, están en ambos bandos políticos. La izquierda contracultural, lejos de traer la liberación prometida en el 68, ha hegemonizado los medios de comunicación para difundir una ideología nihilista y antioccidental que ha alienado a amplios sectores tradicionales, ya golpeados por la desindustrialización. Por su parte, los partidos conservadores tampoco supieron preservar lo que valía la pena —la common decency orwelliana— y respondieron a la contracultura progresista con otra individualista, igualmente corrosiva para el sentido de comunidad y la solidaridad con los desfavorecidos.

Ambas corrientes han tratado de imponer nuevos valores en lugar de mantener los tradicionales. Como ese experimento ha fracasado, dejando a las personas sin referentes morales centenarios —familia, religiosidad, patriotismo—, hoy se culpan mutuamente de todos los males sociales en vez de ofrecer proyectos constructivos.

Hernández repite, con distintas formulaciones, que la clave para salir de esta crisis es restituir los vínculos sociales y los valores conservadores. A su juicio, el ser humano apátrida, solitario y absorbido por una sexualidad cada vez más bizarra, promovida por los discursos hegemónicos, solo beneficia a los especuladores que hacen su agosto entre personas rotas y aisladas. Es necesario reconstruir los puentes.

El panorama que el autor pinta para España en Así empieza todo no es alentador. Nuestras élites, según él, carecen de visión a largo plazo y se limitan a actuar como intermediarias entre el capitalismo financiero y los poderes regionales. Además, muchos de nuestros problemas derivan de la dependencia de Alemania, que no ha estado a la altura como líder de la Unión Europea, y cuya alianza con unos Estados Unidos en retirada se ha convertido en un lastre.

Sin embargo, las propias dinámicas del capitalismo podrían jugar a nuestro favor. Hernández considera inviable que el sistema sobreviva si sigue primando su vertiente financiera, pues necesita un mínimo de productividad real para sostenerse. Esto podría propiciar un giro y un resurgimiento de la economía industrial a corto y medio plazo. Europa podría revitalizar su proyecto unificador impulsando la producción y aprovechando la digitalización para refundarse.

Si llega este período de reconstrucción económica, la política beligerante que nos ha polarizado y enfrentado como sociedad se diluiría poco a poco, y los populismos abrasivos pasarían a ser un mal recuerdo. La economía productiva a gran escala requiere redes de cooperación, esfuerzo conjunto, buenas infraestructuras y políticas eficientes. En definitiva, exige unidad.

Si tuviéramos que resumir Así empieza todo en una sola idea, sería esta: la vuelta de un capitalismo fordista que nos obligue a fabricar cosas juntos podría ser la última esperanza para esta sociedad depresiva y fracturada.


                                                                                        este artículo apareció en Democresía



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