Hay una escena en Las
invasiones bárbaras en la que los protagonistas, un grupo de culturetas canadienses
maduritos, defienden que la inteligencia es un fenómeno colectivo y
circunstancial, no algo individual, y citan tres momentos históricos en los que
ésta apareció con fuerza: la Atenas clásica, la Florencia del Renacimiento, y la
Filadelfia de 1776. En cada caso citan a los hombres más sobresalientes del
momento, y cuando llegan a los padres fundadores de los Estados Unidos (Adams,
Franklin, Jefferson, Washington, Hamilton, y Madison), uno de los protagonistas
apostilla: “ningún otro país ha tenido tanta suerte”.
La frase contradice
todas las corrientes académicas que minusvaloran las contribuciones
individuales a los hechos históricos para resaltar que son siempre las
cuestiones económicas o geográficas las determinantes. Pero la verdad es que
leyendo libros como La Historia de los Estados Unidos de André Maurois
uno no deja de repetirse como un mantra: “ningún otro país ha tenido tanta
suerte”.
Todas estas personalidades históricas contribuyeron a impulsar la
constitución republicana más exitosa de la historia. Pero además
individualmente eran hombres excelsos. Washington ganó un poder militar inmenso
en la guerra para renunciar a él en la paz, y a cualquier título o prebenda, y
dejar la presidencia cuando consideró que ya no era el hombre adecuado para el
cargo. Jefferson tenía una de las mejores cabezas de su generación y un
proyecto de país que todavía hoy persiste. Hamilton superó los recelos de las
trece colonias para sentar las bases de la prosperidad económica…
La historiografía
actual se centra en lo perverso de aquella época, desprecia a estos “varones
blancos” que fundaron una nación, y priva de todo valor a sus gestas
históricas. Por eso este libro, escrito en 1957 y previo por ello a modas
postmodernas, resulta tan revitalizante. Aunque describe sobre todo la creación
y consolidación posterior de la República, abarca desde la llegada de los
europeos al nuevo mundo hasta la Primera Guerra Mundial; y si bien no oculta
que hubo masacres y esclavitud, no impugna por ello sistemáticamente el desarrollo de la
primera democracia de la modernidad.
Por supuesto está
muy bien escrito -no olvidemos que André Maurois era también un excelente
novelista-, y los grandes debates ideológicos que se desarrollaron entonces (federalistas
y anti federalistas, o la creación de los partidos republicano y demócrata, por
ejemplo) están explicados para profanos en ciencia política.
Sobre esta manía postmoderna
de colocar lo periférico y negativo en el centro, habría que investigar si no
se trata también de un interés político por enterrar un proyecto liberador y
ejemplar para el resto de la humanidad. Hubo esclavitud y otros horrores, sí, pero
también anti esclavistas, y finalmente una generación entera se sacrificó en
una espantosa guerra para erradicarla.
No hay nada
positivo en reducir la epopeya estadounidense a un repertorio de barbaridades. Fue
mucho más que eso. Fue de hecho una independencia para establecer contrapesos
al poder mismo, casi como una refutación de la “ley del hierro de la oligarquía”.
Visto desde hoy, cuando la política parece una dialéctica entre los que quieren
el poder y los que quieren la libertad, parece que hay que encontrar los
orígenes de ambas tendencias respectivamente en la revolución francesa, que fundó un poder más
absoluto que el que derrocó, y la revolución estadounidense, que se constituyó
en una red de contrapoderes que garantiza las libertades políticas.
Para los que
creemos en la libertad individual por encima de los estatismos de raigambre más
o menos jacobina, en la primacía de la legalidad constitucional por encima de
los llamamientos del colectivismo, o en la república de las personalidades frente
al imperio de las identidades, la revolución americana y la inteligencia de los
padres fundadores sigue siendo un faro encendido en la tempestad.
Y por eso
agradecemos un libro como La Historia de los Estados Unidos de André
Maurois, un libro que llegó pronto y se salvó gracias a ello de ser cínico.
1 comentario:
Mis compañeros de promocion y yo, con vidas y ejercicios profesionales muy diferentes,nos reencontramos un mes antes de la pandemia.Tenemos un chat desde entonces, en el,los antiguos troskistas, siguen pujando a ver quin es mas izquierdista.Solo uno de ellos, ha vivido como militante popular, los demas han hecho el dinero que se hace en nuestro oficio, o algo mas, pero siguen prefiriendo el poder jacobino a la libertad, y denostando la discrepancia con inquina.Hablan como si fueran las victimas disfrutando de no serlo.Por supuesto americano y demoniaco van juntos en su vision del mundo.
De Maurois lei siendo casi niña, una novela que habia por casa del circulo de lectores.Me dejo la misma tristeza melancolica del "Nada" de la Laforet. Creo que ese especticismo triste, era la "weltanschauung" de la epoca en el Madrid de entonces.
Lo de ahora no lo reconozco en todo este cacareo.
Publicar un comentario