21.4.24

La luz que se apaga, de Ivan Krastev y Stephen Holmes


Francis Fukuyama publicó El fin de la historia y el último hombre en 1992, y vapulearle por ello se convirtió en una expresión de decoro intelectual. Hoy, sin embargo, lo vemos como un libro brillante que encapsuló su tiempo en conceptos, tal como lo exigía Hegel. Que ahora sus planteamientos hagan aguas por todas partes, lejos de ser motivo de regocijo, provoca zozobra y nos demuestra que vivimos en tiempos inquietantes, pues no olvidemos que Fukuyama era esperanzador y veía a la democracia liberal como definitivamente triunfante tras el colapso de la URSS. De hecho, otro libro de por aquél entonces —más beligerante y mucho menos optimista— parece haber profetizado con mayor tino El choque de civilizaciones de Samuel Huntington.

Ambos libros aparecen profusamente referenciados en La luz que se apaga, obra escrita a cuatro manos por el búlgaro Ivan Krastev y el estadounidense Stephen Holmes, que ostenta el sugestivo subtítulo “Cómo Occidente ganó la Guerra Fría pero perdió la paz”. Su ámbito de estudio se encuadra dentro de la cada vez más extensa bibliografía sobre el post-liberalismo, al que parece que estamos inevitablemente abocados, y que en la academia anglosajona ya se ha convertido en el principal tema de preocupación de la filosofía política.

Esta obra, que se ha traducido en Debate, es en concreto una aproximación al fenómeno de los gobiernos conservadores-populistas de Europa del Este. En los últimos veinte años, países como Polonia y Hungría han pasado de ver el fin del comunismo como una esperanza a regresar a formas de nacionalismo identitario que no casan fácilmente con el liberalismo europeísta.

Lejos de caer en anatemas y explicaciones simplistas, los autores estudian los orígenes, causas y consecuencias del fenómeno. Siguiendo a René Girard, hablan de una “era de la imitación”, en la que los países mencionados intentaron copiar los modelos occidentales de democracia, pensando que así alcanzarían sus cuotas de bienestar. El referente más claro y concreto fue Alemania, que se reconstruyó tras la Segunda Guerra Mundial repudiando todo su pasado y creando una nueva identidad nacional basada en su Constitución y en el orgullo por su desarrollo económico y humano.

Pero las cosas no funcionaron como se esperaba al trasladar el modelo al Este. Ni estos países atesoran un bienestar alemán del que jactarse, ni mantienen una relación tan angustiada con su propio pasado. Los húngaros y polacos no vieron con buenos ojos que las élites liberales renunciaran a los símbolos nacionales, como hicieron los alemanes, pues ellos no los consideraban vergonzosos. Los partidos liberales, centrados en las grandes ciudades, se desentendieron de la nación, dejando el terreno libre a los populismos identitarios que recogieron las banderas patrias desde las provincias y acabaron haciéndose con el poder en las capitales.

Lo que los autores denominan la “nueva ideología alemana” ha demostrado ser un fracaso en el Este y ha favorecido el ascenso de nuevos nacionalismos. Es evidente que el “patriotismo constitucional” no es exportable a contextos en los que el orgullo de atesorar una identidad nacional tiene vitalidad propia.

El político populista más tratado en este libro es Viktor Orbán, quien aquí se erige como paradigma. El presidente húngaro nació en un entorno humilde y rural. Durante su servicio en el Ejército se concienció políticamente contra el comunismo, y, al principio, fue un liberal convencido; sin embargo, poco a poco se fue desencantando del liberalismo. Sobre todo, según los autores, en su formación política fue decisivo el desprecio al que lo sometió la intelectualidad cosmopolita de Budapest, a la que inicialmente admiró. El elitismo excluyente de las élites liberales y europeizantes originó en él un resentimiento que hoy perdura y explica muchas de sus decisiones.

Un tema muy interesante, aunque tratado de manera superficial en el libro, es la cuestión de los intelectuales populistas que crean relatos legitimadores para estos políticos. Se citan algunos autores —aquí poco conocidos— que parecen tener las ideas claras. Llama especialmente la atención que el propio Orbán se formó como gramsciano. Aprendió del filósofo marxista que, para tomar el poder, primero hay que construir hegemonía. Da la impresión de que esta línea de acción ha calado en todos estos populismos identitarios: han copiado la estrategia de la izquierda de ganar la batalla de las ideas, tanto para llegar al poder como para mantenerse en él.

Las regresiones antiliberales en Europa del Este no se entenderían sin el papel de Rusia, que también tiene gran peso en estas páginas. Putin nunca fue liberal y pasó del comunismo al nacionalismo de manera natural. Pero no olvida la derrota en la Guerra Fría, y hoy castiga a Occidente con maniobras disolventes y el fomento de enfrentamientos internos, tal como Estados Unidos consiguió desmembrar la URSS.

Un caso peculiar, pero crucial, es el de Estados Unidos. Donald Trump, ya en los años ochenta —según se cuenta a aquellos pocos que querían escucharlo— afirmaba que era mejor dejar de liderar el mundo libre y transformarse en un país centrado en sí mismo, sin mesianismos externos. Predicaba un egoísmo nacional similar al que, según su visión, tenían otros países. Además, lo que los autores denominan la “era de la imitación” había durado muchas décadas en Japón o en Alemania, donde sí funcionaba. EEUU derrotó a ambos países, los reconstruyó a su imagen, y estos aprovecharon para superar al mentor en diversos campos tecnológicos y económicos. Trump pretendía volver a hacer grande a Estados Unidos, igualándolo en desarrollo y prosperidad con estos antiguos rivales, aun cuando ello implicase soltar amarras en política exterior para concentrar esfuerzos en el ámbito interno.

El problema, según Krastev y Holmes, es que la imitación sigue actuando, y ahora los países que imiten a EEUU lo harán siguiendo un modelo iliberal. La otra potencia global candidata a ser emulada es China, pero el país asiático, evidentemente, no puede ser tomado como modelo de democracia liberal. De hecho, los conflictos que inevitablemente se avecinan entre EEUU y China no serán ideológicos, ya que ambos son, en la práctica, iliberales; se tratarán de luchas económicas que exigirán posicionamientos de los demás países, pero ya no se batirán bajo banderas liberales.

Los autores concluyen que el orden liberal global es la “luz que se apaga”, como indica el título, sin remedio posible. Fukuyama se equivocó: no existe una marcha histórica hacia la democracia generalizada. Esto no quiere decir que todos los países vayamos a convertirnos en iliberales, pero sí que nos veremos obligados a subsistir entre grandes bloques que sí lo serán.

La lectura de La luz que se apaga no es halagüeña, pero sí necesaria; tiene algo de manual de supervivencia en tiempos de caos. Ante sus páginas, uno no puede evitar recordar a aquel personaje de la serie británica Years and Years, que, ante el calamitoso presente en que vive, pregunta con nostalgia a sus amigos: “¿Recordáis cuando los informativos eran aburridos?”.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Las regresiones del Este en los dos paises mas grandes y que no redefinen sus contornos,en los otros me temo que es aun peor,( me impresiono el montaje de los hermanos Karamazof de Padura que contaba eso) son procesos tan dolorosos para quienes los viven segun cuentan, como lo fue su socialismo.Desde la subjetividad uno puede conocer Polonia con "Napoleon" la pelicula de Wajda y la novela "La tierra prometida" de Wladislaw Reymon, ademas de con los poetas de Cracovia y Kieslowski, pero sobre todo con los polacos que vamos conociendo por aqui, emigrados a los que les cuesta renunciar al orgullo y la doble moral de quien vivio siempre escondido de alguien.Respecto a los Hungaros,de los que han recalado por aqui,recuerdo a los futbolistas y sus familias,a Ladislao Vadja amigo de mi padre, que hizo una peli "Mi tio Jacinto" sorprendente en el director de Marcelino pan y vino, y un par de pacientes.Son muy curiosos y criticos (Lubitsch`s) son muy divertidos." La trilogia Transilvana de Miklos Banffi te ayuda a conocer Hungria como Magda Szabo sobre todo en su "Calle Catalin" y en "La Puerta".
Todo el Este se hizo para mi distinto despues de "La historia de las Cruzadas " de Steven Runziman
Asi que pondre este libro que recomiendas entre los proximos a leer, y de los primeros ( si no seguiria en la lista mil dias)Los paises que mencionas me intrigan mucho,y la idea de la imitacion me parece clarificadora tambien para valorar nuestra peninsula aqui y ahora.