30.6.24

Breviario de escolios, de Nicolás Gómez Dávila

Hay escritores amables, accesibles, que son una lectura fácil para el metro o la sala de espera del dentista. Los leemos con gozo y nos distraen, pero raramente volvemos a ellos; no nos han conmovido realmente ni han dejado una huella en nosotros. Una vez que cumplen su misión, la de entretenernos, los dejamos en la estantería y sabemos que no nos acompañarán en la próxima mudanza. Por supuesto, también tiene mérito escribir libros así, de los que llegan a todo el mundo, y muchas veces resultan más interesantes que otros, los que vienen reverenciados por la crítica como alta literatura u hondísimos ensayos transgresores, y que en realidad son plomizos y lo único que hacen es matar la afición por la lectura.

Entremedias, hay un tipo de autores inteligentes que necesitan un tiempo de maduración; requieren un leve esfuerzo lector que se recompensa con creces. Y cuando su obra es extensa y podemos dedicarle largo tiempo, se convierten poco a poco en compañeros de viaje con los que conversamos y con los que crecemos.

Un ejemplo es Nicolás Gómez Dávila (1913-1994), un pensador colombiano que vivió discretamente entre unos pocos buenos amigos, dedicado a la lectura, poseedor de una de las mayores bibliotecas personales de su país. Fue autor de dos libros de ensayo, un par de importantes artículos sobre política y derecho y, sobre todo, de una obra inmensa de cinco volúmenes de aforismos llamada Escolios a un texto implícito.

Los escolios, como es sabido, son las anotaciones que hacían los escolásticos en los márgenes de los libros clásicos para explicar o comentar lo que estudiaban. Nicolás Gómez Dávila escribió más de diez mil escolios a un texto innombrado que jamás sabremos con certeza si es la Modernidad, el legado cultural de Occidente o sus propias lecturas, porque él nunca lo explica ni tampoco es necesario saberlo. Nos basta con felicitarnos por tal infinidad de aforismos, sentencias o epigramas, casi todos brillantes, bellísimamente escritos, muchos inolvidables, desordenadores de conciencias adormecidas, divertidos algunos, pesimistas otros, y recomendables todos.

Los cinco volúmenes aparecieron por separado en Colombia y casi no tuvieron repercusión hasta que el filósofo italiano Franco Volpi los reeditó juntos con una introducción, El solitario de Dios, escrita por él mismo. Esta primera edición completa en la editorial colombiana Villegas colocó al ya por entonces fallecido Nicolás Gómez Dávila en el cosmos intelectual europeo; fue traducido a varios idiomas, y se sucedieron las referencias a los Escolios por parte de autores prestigiosos como Ernst Jünger o Frédéric Schiffter.

En el año 2009, la editorial española Atalanta publicó los cinco volúmenes en un solo y cuidado tomo de más de mil cuatrocientas páginas. Su repercusión no hizo más que incrementarse y, de hecho, la edición se agotó. No ha sido hasta este año que vuelve a encontrarse en las librerías.

Para quien quiera una primera toma de contacto más ligera, también es muy recomendable una versión reducida a 281 páginas, publicada por la misma editorial bajo el título Breviario de escolios.

Este Breviario cuenta con una introducción bastante recomendable de José Miguel Serrano y es un buen punto de partida para adentrarse en el universo gomezdaviliano. Quien agote sus fértiles páginas y se quede con ganas de más podrá lanzarse a la lectura del volumen completo. Además, ya empiezan a aparecer varios estudios académicos de considerable profundidad. En concreto, Facetas del pensamiento de Nicolás Gómez Dávila, una obra colectiva disponible en PDF para su descarga gratuita, es un buen acompañante en la lectura. Y al tratarse de trabajos independientes, al igual que los escolios, podemos leerlos sin prisa, disfrutándolos y esperando a que sedimenten en nuestra ánima.

Si tuviéramos que encontrar un equivalente a este pensador colombiano, seguramente tendríamos que hablar de E. M. Cioran. Ambos autores tenían una cultura vastísima, escribían poéticamente, estaban desencantados con el mundo moderno, eran refractarios al sistema filosófico y por ello cultivaban el fragmento, llevaban una vida austera y monacal, y, si bien no eran autores de best sellers, tienen un público amplio y leal.

Nicolás Gómez Dávila tenía a gala ser “reaccionario”: añoraba un mundo que ya no es, pero que seguramente nunca fue. Viajó poco para alguien de su solvencia económica, ya que en toda su vida solo estuvo una vez en México y un par de veces en Europa, pero lo que vio no le dejó buena impresión. La Europa de posguerra, sobre todo, lo llevó a identificar la modernidad con la barbarie. Tampoco era muy dado a reconocer las virtudes de la democracia, que consideraba disolvente de la cohesión social. También fue un gran defensor del catolicismo y el orden tradicional.

Dicho esto, sus vitriólicas diatribas quedan más bien en esteticismo y frases epatantes. Pocos escritores habrán dejado defensas tan bellas del amor, la buena vida, el saber popular, la amistad y la bondad humana. Hay una celebración de la cultura clásica en cada una de sus páginas, y unos análisis de los fenómenos sociales y políticos que difícilmente pueden ser menospreciados.

Sumergirse en el Breviario implica hacerlo con lápiz en mano para escribir escolios a sus escolios. O copiarlos en un cuaderno. O encabezar con alguno una página en blanco y desarrollar nuestro propio escrito desde él. Es un libro para tener en la mesita de noche y leer solo una página antes de dormirnos o por la mañana al desayunar, para que lo leído nos ronde durante el día.

Tal vez resulte extraño no incluir citas de un autor tan citable en esta reseña, pero no hemos conseguido encontrar un solo escolio que, al reproducirlo, no cometiera una imperdonable injusticia con los demás. Nos queda recomendar la lectura del Breviario a quien no lo haya hecho ya y sentir cierta envidia de veterano por quienes se embarquen por primera vez en esta experiencia.

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