20.8.23

Una ventana al mundo

wikimedia

Una ventana al mundo puede ser una oportunidad para evitar el destino de algunos organismos: la autofagia.
José Ferrater Mora

Los españoles parecen estar atrapados en una espiral autodestructiva, ahogándose en sus propios espumarajos, tal vez por costumbre. A pesar de los desafíos locales y globales que podrían abordar, persisten en mantener viejos rencores y divisiones, acusando al prójimo de sus propias miserias, cuando, en muchos casos, el vecino se encuentra tan vapuleado como ellos mismos. Durante cuatro décadas, el "Cotarro" ha envenenado la conciencia colectiva, inculcándonos la idea de que, entre izquierda y derecha, centro y periferia, creyentes y no creyentes, la convivencia es una utopía y el odio se presenta como algo legítimo. Ahora que descubrimos que todo ha sido una artimaña para manejar mejor los hilos del poder, la indignación se redirige hacia aquellos que se beneficiaban de sembrar discordia. Aunque este es un buen primer paso, todavía persiste una sensación de estancamiento propio de quien ha estado demasiado tiempo confinado en una casa que comparte con parientes a los que detesta.


¿Por qué no abrimos una ventana al mundo? Permitamos que entre aire fresco. En lugar de regodearnos en el olor a cerrado, en las paredes mohosas, miremos hacia el paisaje exterior, e incluso, salgamos. Desde una perspectiva individual, esto suele funcionar. Conversar con alguien que ha vivido en el extranjero y habla varios idiomas ofrece una visión más amplia que dialogar con quien nunca ha salido de su barrio. Lo mismo ocurriría si se ofreciera a grandes sectores de la población que no pueden viajar la oportunidad de comprender, a través de una aproximación inteligente, cómo se vive y se siente en otros lugares del mundo.


En lugar de seguir alimentando la crispación con noticias sesgadas sobre otras regiones o sensibilidades políticas nacionales, sería más provechoso que los medios informaran sobre otras formas de convivencia, mejores o peores, que se dan en otros países. Que la reforma educativa en Letonia ocupe el espacio que tradicionalmente se reserva para el último desatino de un político nacionalista, o que la vida de los pueblos indígenas de la Amazonía sea más noticia que los ataques a los votantes de partidos políticos opositores.


Los medios de comunicación no son inocentes; actúan con determinación para convertirnos en seres histéricos. Construyen, de manera premeditada, una narrativa de crispación y resentimiento que intentan imponer como la única realidad. Esta narrativa, insertada en el tejido social, a menudo fructifica. Sin embargo, nuestros vecinos, amigos y compañeros de trabajo no son, en realidad, como los retratan los medios. No están constantemente enfadados con nosotros; en su mayoría, tienen otras preocupaciones y son felices o desdichados por cuestiones que rara vez se reflejan en los programas televisivos. En su día a día, sobreviven sin estridencias, sin ver a su país como un dilema metafísico o una herida permanente.


Si los medios de comunicación abandonaran las matracas pesimistas y divisivas, y se dejara de mirar tanto hacia el ombligo nacional, las cosas mejorarían. España no es un tema tan fascinante, mientras que lo que sucede fuera de sus fronteras a menudo lo es. Sería más enriquecedor que se cubrieran los avances en ciencia, los estrenos teatrales o la situación de las ballenas antárticas. Existen innumerables temas que podríamos abordar en las pantallas, nuestras ventanas globales, y que nos interesarían más que las veinticuatro horas al día, siete días a la semana, de grisura, derrota y rencor.

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