Gracias a la biografía de Didier Eribon, que sigue siendo la mejor de las existentes, sabemos que su vida no fue fácil. Sus constantes intelectuales no son aleatorias ni provienen solo de la curiosidad. Si es el gran filósofo del poder, de la locura y de las formas de dominio social, es porque sufrió todo ello en su propia carne. Su propio cuerpo fue un escenario de batallas. Y, como era lógico, una obra teórica armada para resistir desde las identidades subalternizadas se convirtió en una referencia. Hoy, cualquier movimiento emancipatorio, desde el colectivo LGBT hasta el feminismo, desde los presos hasta los psiquiatrizados, desde los inmigrantes hasta los refugiados, puede describir su lucha en términos foucaultianos.
Además, este filósofo presenta una gran ventaja sobre otros de sus pares más crípticos: se le entiende bien. No utiliza más jerigonza de la necesaria y es claro en sus postulados; tal vez porque, a diferencia de otros, sí tiene algo sustancial que decir.
Durante mucho tiempo, se acusó a Foucault de ser un teórico del dominio incapaz de vislumbrar una salida para la humanidad. Marshall Berman decía de él que presentaba “rasgos sádicos” y que sus ideas eran “barrotes de hierro” en los que enjaulaba al hombre al afirmar que no había liberación posible. Edward Said acabó alejándose de él porque lo consideraba eurocéntrico. Y su supuesta inclinación final hacia el liberalismo de Hayek sigue siendo un tema polémico entre sus seguidores.
Sin embargo, la reciente publicación de algunas de sus últimas lecciones deja claro que sí había empezado a reflexionar sobre cómo sería una sociedad occidental sin control y sobre la liberación de los pueblos del Sur.
Sobre esta última etapa, en la que las preocupaciones éticas prevalecen sobre otras, hay un libro bastante logrado de Jorge Álvarez Yágüez, El último Foucault. Voluntad de verdad y subjetividad, publicado por Biblioteca Nueva. En esta misma editorial apareció en 2015 La ética del pensamiento, una compilación de conferencias, artículos y entrevistas realizadas a Foucault a finales de los años setenta y principios de los ochenta, también editada por Álvarez Yágüez.
Este doctor en Filosofía por la Universidad Complutense prologa el libro con un extenso texto de más de setenta páginas centrado en la etapa final de Foucault y en su “vuelta” a Kant. Para quien desconozca las fases previas del pensamiento del filósofo, este prólogo puede resultar poco revelador, ya que presupone su conocimiento. Por otro lado, si bien es interesante, tampoco ayuda excesivamente a contextualizar los capítulos del libro, porque, aunque los menciona, el verdadero soporte del prólogo son las obras principales de Foucault.
La ética del pensamiento se compone, como hemos dicho, de entrevistas, conferencias y algunos artículos sueltos. A diferencia de sus grandes obras, aquí nada nos conmociona. El lector familiarizado con Vigilar y castigar o con Historia de la sexualidad notará que estos textos son claramente secundarios. Y quien se adentre por primera vez en el universo foucaultiano a través de este libro no percibirá la riqueza y el desafío que implica este autor. En definitiva, se trata de un libro dirigido a especialistas en Foucault.
El capítulo más sustancioso es quizá el 16, “El sujeto y el poder”, aunque ya era conocido. Como bien señala Álvarez Yágüez en una nota a pie de página, el tema de estudio es el poder pastoral, un concepto fundamental que, sin embargo, suele recibir poca atención en las exégesis. Esta forma de poder es especialmente inquietante porque es, sin duda, la que padecemos en la actualidad. Se trata de la incorporación al Estado del paternalismo y el guiamiento espiritual que habían ejercido las iglesias durante siglos. El Estado ya no solo reprime, sino que además cuida de nosotros y espera nuestro agradecimiento. Se encarga de nuestra sanidad, nuestra educación y nuestro bienestar moral; sabe lo que nos conviene. Esto implica que tiene la capacidad de imponernos una subjetividad, de convertirnos en “sujetos” en el sentido de seres inmovilizados dentro de un discurso ajeno. Nuestra lucha, en cambio, debe ser convertirnos en sujetos en el otro sentido: el de individuos autónomos y dueños de nuestra subjetividad. Luchando, descubrimos quiénes somos.
Por supuesto, además de este capítulo, hay otras partes interesantes en el libro, como los apuntes autobiográficos, su negativa a aceptar la homosexualidad como forma principal de identidad o su trabajo para el primer gobierno de François Mitterrand. Sin embargo, más allá de estos aspectos puntuales, todo lo que Foucault dice aquí ya lo ha dicho antes y mejor en otros libros.
Con todo, hay que celebrar la publicación de La ética del pensamiento. Indica que en nuestro idioma se está traduciendo prácticamente toda la obra del filósofo francés, lo que da cuenta del buen trabajo de las editoriales españolas, argentinas y mexicanas que se encargan de ello. Frente a los pesimistas, lo cierto es que casi todo acaba llegándonos, incluso lo secundario. También podemos recurrir al PDF sobre el poder pastoral que circula en internet, claro. Sin duda, lo más interesante de este libro.
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