Peter Sloterdijk (1947) es un filósofo alemán leído y afamado, tal vez uno de los más célebres de la actualidad. Adquirió cierta resonancia mediática a raíz de su polémica con Jürgen Habermas sobre el tema de la selección genética entre humanos. Sloterdijk era partidario de suavizar el piloto automático con el que en Europa se rechaza sistemáticamente todo lo que pueda asemejarse a los postulados eugenésicos y defendió la intervención científica para originar nuevos seres humanos sin enfermedades ni taras genéticas. Habermas, un teórico frankfurtiano epígono de cierta moralidad entre ilustrada y marxista, se oponía a ello con ahínco.
Su gran obra, sin embargo, es su serie de las Esferas, que desde luego no es una lectura para profanos. Se trata nada menos que de un intento por repensar filosóficamente el mundo actual.
Sloterdijk es un autor refractario a ser sintetizado en alguna frase o fórmula. Es creador habitual de nuevos términos y muy alegórico, casi críptico como un oráculo. Por supuesto, cuando finalmente conseguimos destilar algo de lo que ha expuesto, nos damos cuenta de que podría haberlo dicho más claramente porque tampoco era gran cosa. Aunque sin esta dificultad añadida a su comprensión, que solo personas con formación académica pueden superar, estos intelectuales europeos perderían el nimbo chic de “consumo ostensible” para burgueses bohemios.
En defensa de Sloterdijk, podemos argumentar que, a diferencia de muchos de sus pares, se ha despegado del kitsch: ni se limita a lamentarse en posición fetal por todas las maldades del mundo que lo rodea, tan corrupto y materialista para almas prístinas, ni aguarda, como los primeros cristianos o los de la French Theory, la llegada del “acontecimiento” milagroso que expulse a los mercaderes de nuestras vidas.
Por ejemplo, con todos los defectos de su autor, que son tal vez los de su tiempo, El mundo interior del capital. Para una filosofía de la globalización tiene cierto interés. Se trata de un libro posterior a Esferas y, tal vez, más legible por su conexión con la teoría de los “sistemas-mundo” de Immanuel Wallerstein.
La primera parte, “Sobre el surgimiento del sistema de mundo”, parece una sucesión de escolios y notas a pie de página de la obra del sociólogo estadounidense. De hecho, no sabemos si la expresión “sistema de mundo” en lugar de “sistema-mundo” es una cuestión de traducción o un vano intento de Sloterdijk por separarse de su referente.
Wallerstein era un académico estadounidense formado en la Escuela de los Annales, con lo que eso implica. Es totalizador y ambiciona dar una respuesta materialista a los devenires históricos. El resultado es El moderno sistema mundial, una obra en cuatro tomos sobre la historia del capitalismo y la era moderna. Para él, en el siglo XVI los europeos conquistaron América y el capitalismo se convirtió en un fenómeno global. Desde entonces, y siguiendo las necesidades de la economía, distintos Estados centrales se han ido sucediendo en el sistema-mundo según se agotaba su dominio. El problema es que Wallerstein es tan filosóficamente materialista que se olvida de los hechos singulares, los cambios culturales y las narraciones que los hombres construyen sobre sí mismos en el transcurso de la historia.
Sloterdijk comparte más o menos este marco conceptual, pero, como se dice en la solapa del libro, “la conexión entre el relato y la filosofía” es su característica más sobresaliente. Así que, donde Wallerstein se niega a ver más allá de los horizontes materiales, Sloterdijk percibe cambios de mentalidad, nuevas historias y transformaciones sociales.
Por decirlo en términos marxistas: Wallerstein habla de la infraestructura; Sloterdijk, de la estructura y la superestructura.
En El mundo interior del capital, explica el surgimiento de la subjetividad con la aparición de los jesuitas, que luego enlaza con el psicoanálisis o el sometimiento del espacio mediante la cartografía. Todo vinculado a los primeros barcos que cruzaron el Atlántico, convertidos en pequeñas empresas y solares patrios, donde el objetivo económico y el espiritual se daban legitimidad mutuamente. Los nuevos descubrimientos buscaban el beneficio económico, aunque se disfrazaran de misiones divinas. En los albores del sistema-mundo, en el inicio de la Era Moderna, cambiaron las relaciones humanas y surgieron innumerables nuevos textos e interpretaciones de lo que acontecía.
El capítulo que dedica a La vuelta al mundo en ochenta días es muy ilustrativo de lo que pretende. Utiliza la novela de Julio Verne para explicar cómo en el siglo XIX el sistema-mundo ya se había consolidado y se podía recorrer el planeta en un tiempo ridículamente corto, sin quitarse el bombín de gentleman ni salir de microespacios occidentales: la única aventura era hacerlo rentable y a paso de minutero, puesto que ya no quedaban territorios por “descubrir”.
La segunda parte, “El gran interior”, hace justicia al subtítulo del libro. Aquí empezamos “medio milenio después de los cuatro viajes de Colón”. El filósofo intenta hilvanar los hechos descritos en la primera parte con la actualidad. Aparecen el terrorismo, el final de los Estados, el multiculturalismo (“hibridación en los mundos de símbolos”) y la esclavitud.
Aquí Wallerstein no está tan presente; la influencia principal ahora es la teoría poscolonial, que, por otro lado, tanto le debe al sociólogo estadounidense. Sloterdijk ve en la Era Moderna el fondo metafísico del colonialismo y la esclavitud. De hecho, fueron estas aberraciones las que abrieron las rutas comerciales. En los últimos capítulos vuelve a confrontarse con Wallerstein para tratar de entender por qué Estados Unidos es el Estado central del sistema-mundo.
Lo que se trata de dilucidar ahora es si las resistencias culturales y religiosas tienen sentido o si estamos todos abocados a hablar en inglés y a convertirnos en norteamericanos trasplantados a otras latitudes.
Hay una metáfora que capitaliza la segunda parte: la del Crystal Palace de Londres, un edificio transparente y moderno que protagonizó la Primera Exposición Universal en 1851. El autor lo relaciona con el aburrimiento heideggeriano y el resentimiento del hombre moderno vislumbrado por Fiódor Dostoyevski. Todo interesante, pero seguramente menos novedoso y epatante de lo que Sloterdijk cree.
De cualquier manera, este libro es de gran interés por sí mismo, pero leído como complemento a Wallerstein daría para dedicarle un semestre de estudio. Lástima que la vida no nos dé para tanto.
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