11.6.23

La era del fútbol, de Juan José Sebreli

En el cementerio de Usaquén, al norte de Bogotá, se pueden encontrar lápidas con símbolos de equipos de fútbol. Aficionados que, al morir, eligen que los colores de su club les acompañen en la eternidad. En Inglaterra también sucede, aunque allí son los féretros los que van decorados. ¿Qué tipo de personas pueden creer que ser enterrado de esta forma es la culminación de su existencia?

Juan José Sebreli ofrece algunas respuestas en La era del fútbol. Publicado en Argentina en 1998, el libro se centra sobre todo en ese país, pero aborda temas universales como el fútbol y el adoctrinamiento de masas, la corrupción y violencia entre hinchas, el paso de directivos de clubes a la política, las miserias académicas frente a la cultura populista, y la festividad postmoderna como celebración del vacío… todo relacionado con el “deporte rey” y los fenómenos que atraviesan y desestructuran, de forma más o menos homogénea, nuestras tristes coordenadas globales.

El análisis comienza con la historia del fútbol, que pasa, en poco tiempo, de ser un pasatiempo ostentoso de las clases altas a un espectáculo masivo y primitivo de los desharrapados industriales. Este cambio viene determinado por la aparición de los medios de masas y la utilización de los totalitarismos del fútbol, que luego serán sustituidos por las corporaciones. Fue este, y no otro deporte, el elegido para bombardear audiencias precisamente por su intrínseca monotonía y tendencia a la irracionalidad.

Seguidamente, el autor ofrece análisis psicológicos de los hinchas como seres de personalidad autoritaria (la Escuela de Frankfurt es la base de muchas de las teorías del libro). Si además superan los 25 años, Sebreli los califica de incapaces de desarrollar un “yo maduro”. La homosexualidad solapada en el culto al crack o en la obsesión por ese falo dorado que es la Copa del Mundo es omnipresente. Las pulsiones violentas están servidas, claro está. Sebreli descarta que la violencia sea un agente extraño insertado por una minoría, como se repite cada vez que ocurre uno de los cientos de asesinatos futboleros, y afirma que es el propio fútbol lo que origina la violencia, al fomentar los comportamientos gregarios y nacionalistas.

El autor también se detiene en los personajes que ascienden en política a través del fútbol. Cita casos poco conocidos fuera de Argentina pero perfectamente extrapolables a otros países. Resalta la indiferencia real que sienten estos personajes hacia el fútbol como deporte y cómo lo utilizan, desde su apatía afectiva, para ascender socialmente con el respaldo de la popularidad.

Hay un capítulo dedicado a analizar la figura de Maradona, tal vez uno de los héroes más absurdos de la historia, y otro sobre la imposición apabullante que hacen los medios de un deporte repetitivo y carente de emoción, hasta convertirlo en el principal entretenimiento de personas sin alternativa.

Una de las reflexiones más interesantes del libro, en mi opinión, es la crítica de Sebreli a los intelectuales y la distancia cínica que estos mantienen con el fútbol. El autor critica a los intelectuales neorrománticos y populistas (como Sábato, Galeano…) que pretenden aportar legitimidad a lo que tal vez sea una de las mayores canalladas que el Poder ha perpetrado contra los pobres en las últimas décadas. Es intrínsecamente abyecto que los habitantes de la ciudad letrada, desde sus áticos repletos de libros y sus visitas a la ópera, se dediquen a defender el fútbol. Es abyecto porque lo hacen desde una distancia cínica, es decir, se disfrazan de descerebrados conscientes de lo que hacen, se emocionan sabiéndose ridículos –en esto coinciden con los directivos–, mientras que para los verdaderos hinchas no existe tal lujo: su miseria existencial es tal que el fútbol se convierte en su principal fuente de plenitud.

ADENDA

Una de las cosas que más llama la atención sobre el fútbol es el acallamiento de su disidencia. A excepción del libro de Sebreli, que no se distribuye en España, no existen obras que lo ataquen frontalmente. Los intelectuales guardan una vez más silencio. ¿Por qué es fácil encontrar en los medios defensores y detractores de todas las posturas políticas imaginables, pero nadie señala al fútbol como una onerosa carga social y económica para el país? Es más fácil encontrar críticos del sistema económico, de la Iglesia o de la prensa rosa que del fútbol. La situación es desconcertante. Por mucho poder que tengan los presidentes-capos de los equipos, por muy fuertes que sean los cárteles que parasitan en torno a este mundo, en las redes, en las editoriales independientes o en las asambleas vecinales deberían haberse formado corrientes de opinión denunciando esta situación.

Tal vez lo que hace al fútbol hegemónico tiene más que ver con la sociedad postmoderna en la que vivimos, donde se tiene miedo a ser considerado elitista. La postmodernidad, que sigue vigente a pesar de lo que muchos autores digan, es el “todo vale”. Federico García Lorca es igual que Alejandro Sanz, Chaplin que Torrente, Tolstói que el Atlético de Madrid. Sostener lo contrario es ser antidemocrático y todo lo que se presenta como “cultura popular” debe ser respetado.

Es el rentable juego de hacer pasar como productos hechos por la gente artificios diseñados desde el poder. Porque el fútbol (football) fue creado por la aristocracia inglesa, e impuesto en España por Manuel Fraga desde el Ministerio de Información. El franquismo tuvo que orientar su política mediática y educativa para desterrar la tauromaquia e insertar el fútbol en todos los ámbitos de la sociedad española. En la actualidad, el fútbol es un ámbito oligárquico deficitario que se sostiene únicamente con dinero público. El pueblo no participa en nada relacionado con el fútbol, únicamente lo padece.

Y, sin embargo, con la legitimidad que le otorga el creerse respaldado por la cultura dominante, el futbolero sigue sonriendo insidioso cuando decimos que no nos gusta el fútbol y nos llama culturetas e intelectualoides. Hay que responderle que lo opuesto al fútbol no son los libros o la música clásica. Lo opuesto es sencillamente la siempre grata promesa de un territorio cualquiera donde la creatividad individual y colectiva todavía es posible.

De hecho, somos contrarios al fútbol porque creemos en las posibilidades del ser humano. Tenemos la certeza de que casi nadie tiene naturaleza lanar, como aparentan cuando se homogenizan en unos colores y eslóganes. Si el tiempo dedicado al fútbol se orientara hacia la cultura o la ciencia, la solidaridad o el ecologismo, esta sociedad sería irreconocible. Quienes no creen en la gente son los que defienden el fútbol como mal menor, como narcótico o como único entretenimiento posible porque los aficionados no dan más de sí. Oponerse al fútbol, en cambio, es una forma de apostar por las potencialidades humanas.

Terminamos con una cita de Bernardo Hernández, directivo de Google:

"En España hay un ecosistema que favorece el fútbol y por eso somos campeones del mundo. En el cole, en el recreo juegas al fútbol. Los domingos, cuando te vas al campo, juegas al fútbol. Los padres, cuando ven que el niño despunta un poco, lo llevan a los centros de alto rendimiento de los equipos importantes. Se juegan ligas de fútbol y los equipos están gestionados como sociedades anónimas. Se traen a los mejores del mundo a jugar en nuestra liga. Se destinan muchas decenas de millones de euros a la inversión para garantizar la calidad. Existe la atención mediática, con media hora de telediario donde te hablan solo de fútbol. Imagina ahora que eso mismo se hiciera con la iniciativa empresarial: media hora en el recreo, fines de semana con tus amigos, el padre te lleva a un taller. Tendríamos los mejores emprendedores del mundo, porque en el fondo hay una técnica detrás de todo esto."


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