El filósofo barcelonés José Ferrater Mora fue uno de los intelectuales exiliados que desarrolló una vasta obra en el exterior; vivió hasta 1975 y regresó a España para pasar allí sus últimos años. Sin embargo, su relevancia filosófica en nuestro país no goza –y nunca ha gozado– de buena salud. Sus libros no se reeditan y algunos ya son prácticamente inhallables. No obstante, esto no implica que su obra carezca de valor. Entre sus escritos, se destaca un texto en particular, incluido en sus Obras Selectas (1967), titulado Cuatro visiones de la Historia Universal, que constituye una excelente puerta de entrada a lo que ha venido a denominarse la Filosofía de la Historia.
En dicho texto, Ferrater Mora expone las concepciones de la Historia propuestas por cuatro autores fundamentales: San Agustín, Vico, Voltaire y Hegel. Según el autor, estos pensadores encarnan lo que podría considerarse el núcleo de la Filosofía de la Historia Occidental. Aunque señala que estos cuatro no son necesariamente los pensadores más influyentes, sí los considera los más originales, y establece que muchos otros pensadores pueden ser insertados dentro de sus sistemas filosóficos. Así, por ejemplo, afirma que Marx no requiere un tratamiento especial, ya que su pensamiento puede ser comprendido dentro del marco de la filosofía hegeliana. Si bien estas generalizaciones demandan ciertos matices, resultan útiles para aproximarnos a los antecedentes del materialismo histórico, dentro de los límites de este análisis.
Otro aspecto relevante en el título es el uso de la palabra “visiones” en lugar de “filosofías”. Ferrater Mora argumenta que las concepciones de estos autores sobre la Historia trascienden la problemática científica, ya que se abordan en términos casi teológicos (es decir, cuestionando cuál es el ser de la Historia y cuál es su finalidad), cuestiones que, por su propia naturaleza, no pueden encontrar una solución definitiva. De ahí que no se trate estrictamente de filosofía (en el sentido científico), sino de visiones, o incluso revelaciones. Además, subraya que, a pesar de las diferencias, los cuatro autores comparten un fondo común en su pensamiento.
La conciencia histórica tal como la entendemos hoy tiene sus orígenes en el cristianismo. Los pueblos orientales, por ejemplo, no perciben el tiempo como algo que cambia, y por lo tanto no poseen una concepción de la Historia comparable a la nuestra. Los griegos, por su parte, sí tuvieron una conciencia histórica, pero la concebían de forma estrictamente política y no universal. No integraron a "los otros" dentro de sus concepciones históricas, y no lograron aceptar que la Historia pudiera tener leyes propias; más bien pensaban en ellas como leyes naturales. Además, se centraban en lo inmutable, ya que para ellos lo que “sucedía” no era lo más relevante; eran reacios a la idea del tiempo como elemento transformador. Este pensamiento estaba vinculado aún a las explicaciones míticas, como se observa en Platón, quien mencionaba a los atlantes como los antecesores de los atenienses.
Ferrater Mora considera que la Historia, como hecho universal, aglutinante e irreversible, comienza con San Agustín. El pensador de Hipona no solo vivió la Historia, sino que la pensó; su gran logro fue la compatibilización de la teología con la historia, o más bien su mezcla. Para Agustín, la Historia surge a partir de la manifestación de Dios: la Creación, la Caída y la Redención son eventos históricos que deben ser entendidos a la luz de estos presupuestos. La Historia, entonces, se convierte en el gran drama de la salvación humana, en el cual el castigo y la misericordia son dos elementos fundamentales, pero siempre dentro del marco de una teodicea. Esta visión se convertirá en la base sobre la cual otros pensadores, como los mencionados, desarrollarán sus propias reflexiones, muchas veces en oposición a la teología agustiniana.
San Agustín incorpora al cristianismo muchas ideas del platonismo, pero las adapta y transforma. Platón partía de la idea de que todo surge de la naturaleza y todo se supedita a ella. Los cristianos, por su parte, intentan liberar al hombre de esa caverna platónica y consideran que la physis carece de sentido si no es para que los seres humanos se desarrollen en ella, y al final de este camino está la contemplación divina.
Una diferencia adicional con los griegos radica en el contexto histórico de cada uno. En tiempos de San Agustín, los pueblos bárbaros representan una amenaza para el Imperio Romano, y hay una memoria histórica de civilizaciones que existieron antes y que cayeron hasta desaparecer. La idea del Uno griego pierde viabilidad en este contexto. La Historia Universal, entonces, ya no puede ser entendida como algo doméstico. La visión agustiniana debe incluir la multiplicidad de pueblos y épocas históricas, abarcando a toda la humanidad. Se trata, por tanto, de una historia de conflictos.
Trece siglos después de la muerte de San Agustín aparece Giambattista Vico. Durante ese lapso se han producido descubrimientos como la llegada a América y la navegación por los océanos. A pesar de las predicciones milenaristas, Dios no ha decidido un final para la Historia, y más bien el mundo sigue expandiéndose y diversificándose. Aunque Vico no gozó de gran influencia en su tiempo, hoy se le reconoce una modernidad asombrosa. Para él, las Matemáticas y la Historia son las únicas ciencias verdaderas, ya que, contrariamente al pensamiento cartesiano, sostiene que la mente humana es capaz de pensar sobre todo, pero no puede comprenderlo todo; no posee una racionalidad innata, sino que solo puede participar externamente de la razón. Por ello, es imposible que comprenda los misterios últimos de la physis.
En cambio, la Historia, a diferencia de la física, es el estudio de lo que hacemos como seres humanos, no simplemente de lo que sucede sin nuestra mediación. Por lo tanto, la Historia es más accesible y su objetivo es identificar las leyes universales que explican los sucesos particulares. La ley principal para Vico es que la Providencia supervisa el desarrollo de la Historia, otorgando libertad, pero garantizando que esta transcurra dentro de ciertos márgenes. A pesar de que existen períodos de desorden, estos no contradicen la voluntad divina, sino que anuncian el paso a una nueva etapa. Cada una de estas etapas corresponde a una edad humana: infancia (innovación), juventud (heroísmo) y madurez (cumplimiento). La Historia, entonces, se entiende como algo monótono, sujeto a leyes inalterables. Aunque existe una perpetua agonía, Vico es optimista, pues considera que la agonía no es sinónimo de muerte, y siempre queda un espacio para la esperanza.
La visión teológica de la Historia iniciada por San Agustín perdura hasta nuestros días, incluso en pensadores no especialmente religiosos, quienes la conciben como un recorrido lineal dotado de una finalidad. Voltaire, por ejemplo, se obsesionó con el mal y la naturaleza corrupta del hombre, y vio en la Historia un proceso para depurar dicha condición. Para él, todo lo que no sea civilización genera desconfianza. Sin embargo, la razón no es el camino para mejorar al hombre histórico, ya que se esconde en determinadas etapas de la Historia; más bien, las pasiones han sido un motor más importante que la razón en el desarrollo histórico.
Voltaire sostiene que lo que debe iluminar al hombre es la verdad, o lo que él denomina la luz ilustrada, frente a la oscuridad de la superstición y el odio. Para ello, es necesario que intervenga una fuerza externa, y dado que ya no es Dios, esta intervención debe ser humana. Voltaire concede a los hombres el imperio sobre la Historia, pero el problema radica en que los seres humanos no son racionales. Surge entonces la necesidad de una institución que pueda vislumbrar una razón, aunque limitada. El poder organizado se presenta como esa institución, y solo a través de la unión de la razón y un poder benevolente puede surgir una mejora de las condiciones de vida. A lo largo de la Historia, la paz y la tranquilidad solo han sido alcanzadas en los períodos en los que esto se ha dado, siendo China su ejemplo preferido, donde considera que esta armonía se ha mantenido por más tiempo.
Por último, Georg Wilhelm Hegel culmina la divinización de la Historia, como señala Ferrater Mora al llamarlo "místico". Para Hegel, la Historia no es un proceso dirigido por Dios, sino por la Idea, a través de la cual se manifiesta la divinidad en el mundo. El objetivo de la Historia es la reconciliación de la Idea consigo misma, un proceso que implica la superación de las contradicciones y el mal mundano. La libertad es vista como una necesidad para que cada ser humano realice su esencia, y es el Espíritu Universal quien alcanza esta libertad cuando la Idea regresa a sí misma. Hegel defiende que el Estado es esencial para la realización de esta libertad y que sin él no puede haber Historia. Solo los pueblos que han integrado al Espíritu y lo llevan en su interior participan de la Historia Universal. Esta visión eurocéntrica, que Hegel introduce, será heredada por Marx y continúa siendo objeto de debate en la actualidad.
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