29.3.25

Mater dolorosa, de José Álvarez Junco


La nación es un marco político generalizado y aun así extraño: sin tener mucho sentido ni base racional, no parece que podamos prescindir de ellas en el mundo contemporáneo. Muchas personas las dan por supuestas, como si siempre hubieran estado ahí y careciéramos de otra manera de convivir. Sin embargo ningún académico las ve como realidades milenarias o naturales: todos coinciden en que son imaginarios diseñados por minorías, ficciones que con fuertes políticas educativas acabaron imponiéndose sobre poblaciones que hasta entonces recurrían a la religión como fuente de identidad (obviamente, si las naciones fueran perennes, no haría falta inculcarlas en las escuelas).
 
Los estudiosos del nacionalismo solo discrepan sobre si el cambio de lo religioso a lo “nacional” como vertebrador social fue progresivo o súbito. Los llamados “primordialistas” creen que antes de la Revolución Francesa y la industrialización ya podemos encontrar en Europa formas de protonacionalismo del que los nacionalismos actuales serían deudores –los discursos de Shakespeare sobre Inglaterra, por ejemplo-. Los historiadores “modernistas”, empero, consideran que los antiguos reinos y sus literaturas épicas no son los antecesores de las naciones actuales, ya que éstas son construcciones recientes –mera “ingeniería social” como las llama Eric Hobsbawn, el príncipe de los modernistas-, inexplicables sin el mercado unificado y todos medios tecnológicos y propagandísticos del Estado moderno.


En los estudios sobre la identidad de la nación española sobresale, con toda justicia, el libro de José Álvarez Junco, Mater dolorosa. La idea de España en el siglo XIX. Este catedrático de la Universidad Complutense se adscribe al enfoque 'modernista', y analiza la formación de la nación española en el siglo XIX.

El origen, nos dice, está en la Guerra de Independencia, cuyo componente nacional por cierto es una mixtificación posterior. Los liberales quisieron traducir el we, the people de la Constitución norteamericana y recurrieron a la idea de nación, como habían hecho los franceses. Por supuesto, el constitucionalismo gaditano fracasó y desde entonces la defensa de la nación española siempre ha correspondido a individuos y colectivos independientes, no al poder real vigente.

Una de las sugerencias más interesantes que nos plantea el libro es que para finales del siglo XIX los intelectuales “habían hecho sus deberes”. En España, hoy como ayer y como en pocos países del mundo, ha habido una élite cultural de mucha categoría comprometida en producir narraciones identitarias sobre las que vertebrar un imaginario nacional español. Aquí emergieron historiadores imaginativos que han presentado hechos remotos como verosímiles mitos fundacionales, brillantes poetas que han cantado a las tierras y pueblos, músicos concienciados que han hecho de melodías populares inolvidables himnos patrios, escritores de prosa épica cuyas novelas terminaban identificando España con la libertad…es decir, lo mismo, y muchas veces mejor, que cualquier otro país de nuestro entorno cuya conciencia nacional cuajó con menos esfuerzo y cuya cohesión hoy no se pone en duda.

Las naciones son un cuento, eso nadie lo niega, pero en nuestro país nos lo han contado los mejores cuentistas que podríamos pedir. Si se nos permite decirlo mundanamente, Pérez Galdón escribió Los Episodios Nacionales, o sea, que él cumplió como novelista liberal-patriótico; la cuestión que hay que plantearse es porque nadie ha puesto, en el último siglo, capital público o privado para hacer adaptaciones cinematográficas o versiones televisivas de un material tan potente.   

Aquí algo no funcionó. Para el profesor ni a la Corona le interesó favorecer la conciencia de nación, ya que suponía un contrapoder, ni el Estado tuvo recursos ni habilidad para hacerlo. Tampoco ayudó la falta de enemigos exteriores, como en otros lares, ni la inoperancia del Ejército como arma verdaderamente nacional; mucho menos contribuyó la Iglesia, celosa de principios tan terrenales, y que solo al final trató de apropiarse a su manera de la idea de España.

Se terminó por mantener cierta estructura caciquil, un reino desvertebrado y beato, dócil a los grandes latifundistas -esos que, como nos recuerda Tuñón de Lara, durante todo el siglo XIX se opusieron a la modernización bajo el lema: “o el petróleo o nosotros”-. Aquí se descartó crear una identidad nacional, aunque estaban todas las condiciones para hacerlo. Para crear un proyecto de país ilusionante, parece decirnos este libro, hace falta voluntad política y hasta ahora no la ha habido.

No hay comentarios: